Entre las pesadillas recurrentes del ser humano está la de ser perseguido. Se estima que el 80% de las personas han soñado alguna vez con que una fuerza extraordinaria y amenazadora les sigue los pasos. Los detalles son personales e intransferibles, pero la angustia es siempre la misma. Hay quienes corren, pero no avanzan. Otros se hunden en el barro cuando tratan de escapar. Algunos están descalzos y se desollan los pies. El significado es difuso, como suele ocurrir con todas las experiencias oníricas. Freud mantenía que los sueños eran manifestaciones de una aspiración o experiencia reprimida, generalmente sexual. Hay psicólogos que sostienen que las pesadillas en las que aparecemos huyendo de algo o de alguien están vinculadas genéticamente con nuestros antepasados prehistóricos, en permanente huida de animales salvajes o de congéneres más salvajes todavía. Quién puede saberlo.

El caso es que el ciclismo es una representación recurrente de la pesadilla de la fuga y nunca lo ha sido en mayor grado que en la última etapa de la Vuelta a España. Mikel Iturria (Euskadi Murias) desafió al grupo de escapados y consumó una rebelión de famélicas diferencias. Tan mínimas que media docena de veces pareció cazado y hundido. Tan escasas que ya le teníamos el obituario preparado, una línea en honor de los valientes que asoman la cabeza por la trinchera. Como en los peores sueños, los lobos o el toro, o la sombra negra, se aproximaban en cada metro hasta resoplar en su cogote. Cuando su ventaja, que había alcanzado los 45 segundos, descendió por debajo de los diez sentimos la pena que dedicamos a los héroes sin premio, cruel metáfora de la vida. Casi siempre gana la jauría.

No contamos, sin embargo, con que el ciclista del Euskadi corría en casa, dicho en sentido estricto. Iturria vive a 60 kilómetros de Urdax, donde estaba instalada la pancarta de meta. Es decir, tiene topografiada en su cabeza cada cuesta, cada curva y cada helecho. Cualquiera que haya montado en bicicleta sabe lo importante que es conocer el camino, especialmente cuando las fuerzas están casi agotadas. Permite ordenarse los objetivos a cumplir. Tras la loma hay un descanso, y después del giro otra cuesta, y luego un llano que pica, y por fin una bajada que conduce a meta. Si llego solo hasta allí, ganaré. Y ganó.

Hay que descubrirse ante corredores como Iturria y ante equipos como el Euskadi Murias. Su supervivencia depende de victorias así, de luchar contra los elementos, de tirar los dados cien veces hasta que salga un seis doble. Gracias a ellos, el ciclismo mantiene una pureza reconfortante, libre de tácticas conservadoras. El ciclista modesto que desafía al pelotón es una metáfora de la vida que, gracias a las buenas piernas de nuestros antepasados, no siempre resulta una pesadilla.

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