Ya no queda mucho con lo que ilusionarse salvo que hayas nacido Ljubljana. Roglic ganará la Vuelta a no ser que un accidente o una emboscada que cuesta imaginar le descabalgue del primer puesto. A estas horas, el segundo lugar del podio es lo único emocionante, quizá el tercero. Valverde aventaja al niño Pogacar en 54 segundos, lo que es una renta mínima si pensamos que también les separan 18 años. Es ley de vida. El muchacho va a más y abuelo debería acusar el esfuerzo del Tour. Ya ha comenzado a hacerlo. Después de su exhibición en el Acebo, el campeón del mundo se descolgó en la ascensión a La Cubilla y perdió 23 segundos con respecto a Roglic, Pogacar y Miguel Ángel López. La señal preocupa más que el tiempo entregado. Fue bonito mientras duró.

En esta ocasión, el primer favorito en moverse fue Supermán López, sólo respondido por el chico de 20 años; el líder perdió unos metros y Valverde algunos más. Nairo ya marchaba por detrás, desfondado desde las primeras rampas. A partir de ese momento, Marc Soler se hizo cargo de Valverde y tiró de él en persecución de los sublevados. La imagen recordó a otras que tuvieron como protagonistas a Indurain y Perico Delgado. Miguel todavía tenía rango de becario y Delgado apuraba sus últimas tardes como jefe. Siempre nos dio la sensación de que ese relevo, aunque hermoso, se retrasó demasiado, aunque cinco Tours consecutivos nos lleven la contraria.

La misma sensación tenemos ahora. Soler hubiera merecido otra consideración en esta Vuelta, probablemente antes que Nairo. Nunca sabremos dónde habría llegado, pero hay momentos en que lo único coherente es dejar paso a los jóvenes. Pogacar es la perfecta demostración de que no hay que poner riendas al talento.

Mientras Soler arrastraba a Valverde con el tranco de Indurain (espero no incurrir en ninguna herejía si digo que se parecen mucho), Fuglsang se encaminaba hacia la victoria, superviviente de la fuga del día. El danés, de 34 años, fue un joven que parecía capaz de todo, incluso de ganar una gran vuelta. Al final el ciclismo le encontró lugar entre los corredores excelentes, pero no entre los extraordinarios. Al menos nadie le detuvo.

Hace diez años, curiosamente, Fuglsang ganó la Vuelta a Eslovenia. Como el país no es demasiado grande, no es descabellado pensar que entre los espectadores de aquella carrera hubo un niño de diez años de nombre de Tadej y de apellido Pogacar. Aquel niño no podía ni imaginar lo que le reservaba el destino. O quizá sí.

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