Nunca le agradeceremos lo suficiente a la Vuelta a España que nos libre de las tediosas etapas de las primeras semanas. En el segundo día ya resolvimos algunas dudas existenciales. El primer descubrimiento es que Nairo Quintana pretende despedirse del Movistar con una victoria, lo que es una hermosa forma de largarse. Ojalá a todos los humanos nos sirvieran una venganza parecida: decir adiós con los brazos en alto. En esa relación, no obstante, hay cosas que se nos escapan. En apariencia, Nairo debería estar agradecido al equipo que puso toda su estructura (Valverde incluido) al servicio de su talento. Sabemos que Quintana es un tipo con carácter (malo, probablemente), pero algo que no ha trascendido debió estropearse, porque no cabe otra explicación a su languidez de los últimos tiempos. Nunca hay malos absolutos, aunque yo una vez conocía a uno.

Animado por el adiós (y por la montaña), Nairo ganó en Calpe y destapó las cartas de sus contrincantes. Su principal adversario, hasta que la carretera diga otra cosa, es Primoz Roglic. El escloveno cedió solo cinco segundos y demostró que ha venido a competir, a diferencia de su compañero Kruijswijk, que entregó 1:43, al igual que Meintjes, Van Garderen y Fuglsang. Estos cuatro nombres están tachados salvo que se disculpen convenientemente, que no se espera.

Junto a Roglic, y con una pérdida mínima, llegaron Fabio Aru y Rigoberto Urán —olvidé citarlo en la previa, mijito que perdonará—, desde hoy candidatos solventes a lo que quieran y puedan. El retraso de Supermán López sólo puede calificarse de sorprendente, más aún si pensamos que defendía liderato. No son muchos 37 segundos (también los perdieron Valverde, Chaves, Majka, Kelderman…), pero no parecen un buen síntoma.

Después de esta primera sacudida, el nuevo líder es Nicolas Roche, hijo de Stephen, el último ciclista que ha ganado el mismo año Giro, Tour y Campeonato del Mundo. Nicolas no heredó la chispa de la genialidad, pero sí una determinación que le hace salir mucho en la televisión y le permite compartir sobremesa con los aficionados. Así lleva desde hace 14 temporadas (tiene 35 años), lo que le convierte en un familiar bienvenido, el sobrino de ojos azules que viene a tomar café.

Algún día habrá que hablar de la larga sombra de los padres extraordinarios. Lo haremos un día que Nicolas no esté delante. 

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