La fortaleza del Real Madrid, o la suerte, parientes cercanos, se mide por su capacidad para marcar goles en los últimos minutos de los partidos, y hablo concretamente de los que se juegan en el Santiago Bernabéu. Lo hemos visto cientos de veces. La convicción propia era tan poderosa que vencía la voluntad del rival. Dicho de otra manera. El Madrid, jaleado por el estadio, creía tanto en sus posibilidades que el rival dejaba de confiar en las suyas. Hace tiempo que no ocurre. O sucede a medias, como pasó contra el Valladolid.

El gol de Benzema en el minuto 81 no se debió a la convicción colectiva, sino al exclusivo empeño del francés. Y sin conjura, el adversario sintió que todavía tenía tiempo para empatar porque nadie le había robado la voluntad. Ni el fútbol. Juega bien el Valladolid, ya lo hacía la pasada temporada, y si Sergi Guardiola marca la mitad de los goles que genera el equipo, no hará tanto frío en Pucela.

El gol, queridos amigos. La diferencia entre cantar al amor y hacerlo. El gol. Esa facultad que no se aprende, ese don reservado a unos pocos que ven la portería como la entrada de un parque de bomberos, mientras otros, la mayoría, la percibimos como un acceso estrecho y prohibido. El Madrid no tiene a ninguno de esos seres prodigiosos. Con James de titular el equipo ganó en posesión y cocción, pero le faltó el remate. Sin James (despedido con una ovación) perdió el orden y no ganó en gol. Tampoco a Jovic le sobra. El serbio cabeceó al larguero nada más salir y demostró que aprovecha lo que le llega. Pero le tiene que llegar. No le pidan que busque o imagine.

Zidane se equivocó al concentrar delanteros en detrimento del mediocampo. Es un error de los entrenadores de sangre caliente y no olvidemos que él es marsellés como bien sabe Materazzi. La incorporación de Vinicius por James no aportó absolutamente nada. Miento. Perjudicó al muchacho, que cada vez resulta más desesperante, totalmente obcecado con la genialidad que no ocurre. Por lo demás, ya sabemos lo que sucede con los dibujos con cintura de avispa. Que otro te clava el aguijón. Incapaz de proteger el gol de Benzema, el Real Madrid se desguarneció fatalmente. Kroos perdió el balón y entre Óscar Plano y Guardiola pusieron el empate. Si ese gol lo hubiera marcado Waldo Rubio, natural de Badajoz, ahora valdría 50 millones. Quizá más. El gol de nuevo. La diferencia entre el verso y el beso.

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