La etapa más larga del Tour se corrió por primera vez hace un siglo, en la edición a la que se rinde homenaje este año, y se repitió seis veces entre 1919 y 1924. El primero en completar los 482 kilómetros que separaban Les Sables d’Olonne de Bayona, tras 19 horas de tortura, fue el francés Jean Alavoine, nacido en Roubaix y apodado Tío Jean. En aquella época era habitual que los corredores utilizaran pseudónimos. Petit-Breton ha pasado a la historia como ganador del Tour en 1907 y 1908, aunque su verdadero nombre era Lucien Georges Mazan. Por si le hicieran falta más apodos, en el pelotón era conocido como El Argentino por haber vivido en Buenos Aires. A Maurice Archambaud (ganador de diez etapas) le llamaban Mofletes Gordos, a Eugene Christophe se le conocía por Cri-Cri y a Philippe Thys (ganador en 1913, 14 y 20) se le denominaba Perro Gordo. Era duro ser ciclista en aquellos tiempos.

Con el paso de los años se entendió que las etapas largas no garantizaban el espectáculo, más bien todo lo contrario. Y no sólo eso: someter a los corredores a semejantes esfuerzos los aproximaba más aún a la tentación del dopaje. El nuevo ciclismo, si es que tal cosa llegó a existir, proclamó la conveniencia de etapas cortas en las que nadie ahorrara esfuerzos. Aquello ya está olvidado, me temo. Sólo la Vuelta a España parece sensible a los gustos de los aficionados, para los que una etapa llana de más de 200 kilómetros es una invitación a la siesta. En el Tour no se dan por aludidos. La etapa que terminó en Nancy replicó aburrimientos legendarios y todavía será peor la jornada del viernes, de 230 kilómetros.

Comprendo que el Tour es una carrera de fondo, pero la forma también es importante. No hay redoble que se sostenga durante cinco horas para que Viviani termine como ganador de etapa en un sprint de diez segundos. Algo falla en el show que el éxito del Tour no debería ocultar.

Y no pretendo restar méritos a Viviani, que se estrena en el Tour después de haber ganado cinco etapas en el Giro y tres en la Vuelta. Además de un gran velocista, es un italiano de catálogo, con una nariz casi comestible y con un equipo, el Deceuninck, que sería capaz de hacernos ganar a nosotros si llegara a proponérselo. Más hermosa que la imagen de la victoria fue la del líder, el gran Alaphilippe, que atravesó en cabeza por la pancarta del último kilómetro en defensa de su compañero Viviani.

Poco más que contar, salvo agradecer la ausencia de Cavendish. Con treinta victorias de etapa, al británico solo le faltan cinco para superar el récord de Eddy Merckx y eso es algo que no podríamos soportar unos cuantos nostálgicos. Entre los muchos males que azotan al ciclismo es que resulta más rentable ser sprinter que escalador, ser Misil que Caníbal.

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