No pasó nada. Y es desesperante. La primera etapa pirenaica fue una penosa dejación de funciones por todos aquellos favoritos que no corren en el equipo Ineos. Nadie se movió. Entiendo que la responsabilidad debe recaer en los directores deportivos porque me niego a creer en un armisticio espontáneo. Solemos decir que los directores son prudentes, pero hoy toca afirmar que son cobardes. Una aplastante mayoría de los estrategas del ciclismo están más preocupados en no perder que en ganar. La desconexión con lo que valoran los aficionados es absoluta. Es la valentía lo que pone en pie a los seguidores del ciclismo, lo que aumenta las audiencias y lo que en último término repercute en la exposición comercial de los equipos. Pero los directores disienten. Para ellos, el puesto seguro es más importante que el probable y el heroico desfallecimiento es un desdoro que no se pueden permitir. En ese juego de mezquindades, la disputa se traslada de la carretera a los coches, hasta el punto de que solo se divierten ellos mientras bostezamos nosotros.

Es una pena porque el aburrimiento tiene un efecto demoledor. Uno deja de esperar y de ilusionarse. Ya hemos visto esta película y le podríamos robar el título a otra bien conocida: El silencio de los corderos. No hace falta que Ineos demuestre que es el equipo más potente del pelotón internacional. El resto se lo hace saber a la primera oportunidad. No hay ambición, ni locura, sólo corderitos camino del matadero. Thomas ganará el Tour (o Bernal) y los demás se pelearán por lo que quede del podio, o por un puesto entre los cinco primeros, o por la prestigiosísima clasificación por equipo. Lo veremos a partir de mañana, en esa contrarreloj para la que todos guardaron fuerzas. Qué lástima.

Así fue. La primera etapa pirenaica sólo sirvió para que un grupo de escapados se disputaran la victoria parcial. Sólo hubo intensidad hasta que se formó la fuga. A continuación, el pelotón declaró una jornada sin pólvora y circuló como si fuera día de huelga, o de fiesta, o de siesta. Nada se agitó en el Peyresourde ni en la ascensión final a Horquette d’Ancizan, y dio un poco de vergüenza ajena. Por la historia de esos puertos y por la carrera en sí. Por ellos y por nosotros.

Sin ese aliciente, solo nos quedó ver a Pello Bilbao pelear por la victoria con Simon Yates y Mulhberger, en un sprint emocionante para un día patético. Venció Yates y ahí terminó una jornada para olvidar, aunque costará hacerlo. Esta tarde no se aconseja mirar los viejos libros de las hazañas del Tour. Hoy eso pertenece a otro mundo y a otro ciclismo.

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