Las escapadas consentidas son permisos que se conceden después de etapas sofocantes. El pelotón hace la vista gorda para tomarse en respiro en previsión de nuevos sofocos y un puñado de corredores sin opciones en la general se marchan a la aventura. Esta vez fueron quince los fugados, todos de alcurnia, ni un solo pardillo. Entre ellos había tres españoles de diferente rango: Soler, Cortina y Jesús Herrada.

A los 25 años, Marc Soler es, junto a Enric Mas (24), la gran esperanza del ciclismo español para las grandes vueltas por etapas. Sin embargo su papel es equívoco en el Movistar. Se le utiliza de chico para todo cuando tal vez habría que concederle galones y mimarlo como se ha hecho con otras estrellas en ciernes. Por su triunfo en la París-Niza de 2018 merecería un estatus superior, pero sigue siendo poco más que un gregario cualificado. Doctores tiene la iglesia y los de Movistar hablan latín.

Iván García Cortina (23) será un candidato para clásicas de todo tipo y condición, y también para etapas de prestigio. De momento ya se codea con los grandes y nadie le mira como un intruso; cualquier día empezará a ganar y ya no olvidará el camino. Jesús Herrada (28) representa a la clase media del ciclismo español, lo que denominaríamos como un buen ciclista, casi siempre en la tele, aunque alejado, quizá, de victorias gloriosas.

Aunque hay otros compatriotas que dan y darán guerra, los tres ciclistas en la fuga representan el ciclismo que nos viene: una dieta más variada y menos azúcar.

Daryl Impey fue el ganador de la etapa, el segundo sudafricano que lo consigue después de Robbie Hunter, vencedor en 2007. Impey, ocho veces campeón de su país, ya se vistió de amarillo en 2013, lo que le convirtió en el primer africano en conseguirlo. En definitiva, un ciclista con instinto, de los que huelen la sangre. Será casualidad, pero en Sudáfrica habita una de las poblaciones de tiburones blancos (y no es metáfora) más grandes del mundo.

Impey cruzó la meta señalando la bandera sudafricana en su pecho y el mensaje es mucho más conciliador que el de la Marsellesa (¡A las armas ciudadanos!), canción del 14 de julio. Cuando Sudáfrica se reinventó en 1994 le dio sentido a la nueva bandera: La Y simboliza la convergencia de una nación, el rojo la sangre vertida, el verde la tierra, el azul el cielo, el amarillo el oro, el negro la población negra y las líneas blancas los sudafricanos pálidos. Tal vez deberíamos tomar nota.

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