Pinot y Alaphilippe se abrazaron finalizada la etapa como si fueran dos compañeros de equipo o dos pilotos del mismo escuadrón, quizá como dos compatriotas en el campo de batalla. Luego Pinot compareció en el podio con la cara de guapo que se le pone a los triunfadores, esa mandíbula presuntuosa. Cuando fue su turno, Alaphilippe subió las escaleras dando brincos. Acto seguido, y mientras era aclamado por el público, sonrió con aire burlón de mosquetero. La sensación de que el líder se está divirtiendo resulta de todo punto desconcertante. Es como si no se lo creyera o se lo creyera demasiado. Otro en su lugar se guardaría las risas, no vayan a ofender a alguien. Otro en su posición disimularía un poco. En el ciclismo siempre asedian los cobradores. Sin embargo, Alaphilippe se proclama candidato en cada gesto. Parece una imprudencia temeraria si pensamos en el camino por recorrer y en la ausencia de un historial que sostenga el desafío. Una bendita imprudencia, para ser más exactos.

Alaphilippe, el mismo ciclista que derrapó después de ganar la crono en Pau, coronó en segunda posición el Tourmalet y añadió más tiempo a su ventaja sobre Geraint Thomas; ahora dispone de dos minutos y dos segundos sobre el vigente campeón. Así expuesto habría que declararlo primer favorito, aunque yo me resisto. Tiendo a pensar que el líder vive un momento de inspiración y entusiasmo que convierte el cansancio en un asunto menor. Creo que Alaphilippe no ha sentido todavía la presión de poder ganar el Tour, y lo que es mucho peor, la presión de poder perderlo. Ese peso todavía debe recaer sobre sus hombros.

Si hablamos de Pinot, lo primero es recordar cuánto tiempo se dejó en el abanico de la décima etapa: 1:40. Sin esa pérdida, estaría 1:32 del liderato y con plenas aspiraciones de ser el primer campeón francés desde Hinault (1985). Pese a todo, sigue siendo el corredor más sólido de los que pelean por el triunfo. Por talento y por antecedentes: fue tercero en 2014 y desde entonces ha progresado hasta alcanzar el nivel óptimo de maduración. La duda, no obstante, persiste, y es la misma sombra que planea sobre Alaphilippe: cómo gestionará la presión cuando se encuentre tan cerca del objetivo que no ganar sea un fracaso.

Pero cuidado. La debilidad (mínima) demostrada por Geraint Thomas y Egan Bernal en el Tourmalet, lejos de descartarlos, los hace más peligrosos. No pasemos por alto que Alaphilippe solo tiene a Enric Mas (perdió 2:54) y Pinot solo cuenta con Gaudu. Y en la misma línea de ataque se encuentran los ciclistas del Jumbo Visma. Kruijswijk es tercero a 2:14 y el destino le debe una: el Giro que perdió en 2016 por una caída.

Esa esperanza debería alimentar también al Movistar, a pesar del desplome de Nairo (cedió 3:24). Landa, que resistió con los mejores hasta los últimos 150 metros, se encuentra a 6:14 (serían 4:06 sin el dichoso día de los abanicos) y Valverde está en una posición algo mejor (5:27), aunque tan obligado a una proeza como sus compañeros. La baza de todos ellos pasa por atacar de lejos y aprovechar el vacío de poder en el pelotón. No es tan descabellado. Ya no es cuestión de endurecer la carrera, sino de plantear al líder situaciones de estrés donde eche en falta a su equipo.

No solo es el Tour más afrancesado de los últimos 34 años. También es el más abierto y, por tanto, uno de los más apasionantes de los tiempos recientes. Estamos ante algo grande, pero aún no consigo adivinar qué es.

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