Alaphilippe significa Valverde en francés. Y el elogio empieza a ser bidireccional. Es una suerte es que existan ciclistas como ellos, convencidos de que la victoria no es una opción remota, sino una posibilidad tan real como alcanzar un bote en una estantería alta. Lo primero no es el talento, es convencerse. Después solo hay que encontrar un taburete o fabricarlo por el camino. Así lo hizo Alaphilippe. Decidió fugarse a 15 kilómetros de meta cuando la prudencia recomendaba otra táctica; ya tendría tiempo de atacar después. Pero lo razonable es extremadamente aburrido. Por eso ganó, porque los demás tardaron en comprender, y por eso es el nuevo maillot amarillo del Tour, porque el ciclismo es un concurso de locos y valientes.

El corredor del Deceuninck (ventanas de PVC) fue el protagonista de una etapa extraordinaria que discurrió entre los viñedos que producen el mejor champán del mundo (Moet Chandon, Tattinger, Dom Perignon…). Los cinco puertos concentrados en los últimos 45 kilómetros pusieron las burbujas. Algo tiene esa tierra que hace la paz imposible. La ciudad de Epernay, donde se ubicaba la meta, ha sido destruida en veinte ocasiones a lo largo de la historia y sus viñedos tantas veces arrasados. Demasiado cerca del frente en ambas guerras mundiales. Y demasiado tentadora para los invasores. Se dice que los nazis robaron de sus bodegas dos millones de botellas de champán. 

La rebelión de Alaphilippe dejó víctimas de diferente rango. El primer damnificado fue Teunisssen, que llegó a meta a 4:55 y se despidió del liderato hasta nunca jamás. Wellens fue otro de los perjudicados por el ciclón. Marchaba en cabeza cuando el francés demarró y no encontró fuerzas para seguirlo. Atrás, el Ineos (energía y fracking) se sintió burlado y trató de aplacar el fuego. No lo consiguió. Tampoco el Jumbo Visma (Supermercados y Software), que tenía las máximas opciones de recuperar el liderato en otras espaldas. También se rindieron.

En persecución de Alaphilippe quedaron cuatro ciclistas, Landa, Woods, Schachmann y Lutsenko. A pesar de las invitaciones del español, nadie se animó a dar relevos. Siempre hay una excusa para ser cobarde. Lo importante es que Landa parece en carrera desde el principio y con ganas de tomar la delantera a Nairo. Nada como una lucha fratricida y un buen champán. Así que nos conformaremos con lo primero.

 

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