Vaya por delante que sí me gustan los toros y mucho, aunque no la tauromaquia, pero los toros no tienen culpa, ni de la fiesta ni de ser tan fieros y tan territoriales, y a mí me gusta verlos debajo de los alcornoques en las dehesas de Cádiz, esas que hay entre Medina Sidonia, Vejer y Casas Viejas bajo el ardiente sol del verano del sur, luciéndose con sus vacas.

Y no gustándome la tauromaquia, ¡qué grandes frases y metáforas nos ha dejado para el castellano! Porque hablar sin usar esas metáforas sería como no hablar; frases antiguas de sabiduría, de éxito como «dar la vuelta al ruedo», «hacer el paseíllo», «salir por la puerta grande» o «con dos orejas y el rabo». Frases que nos hablan de valentía como esa de «a puerta gayola», «por la puerta grande o por la enfermería» o «agarrar al toro por los cuernos». Frases de miedo o de muerte como «que Dios reparta suerte», «valor y al toro» o «indultar». Frases de pillos, como «poner unas banderillas», «dar capotazos», «oler a cuerno quemado» o «devolver a corrales». Frases de padres para aconsejarnos prudencia como aquella de «tú ten cuidado, que desde la barrera, todos los toros son pequeños» o esa otra: «¡Ojito! Que hasta el rabo, todo es toro». Frases que hablan de fatalidad como «ha quedado para el arrastre» o «dar la puntilla». Exageradas como «hasta la bandera» o las de compadres y amigos que se desean lo mejor, «va por ustedes, señores».

Las tardes de verano en Andalucía, esas que presagian noches de calor y terral, noches secas de viento cálido de poniente, no serían iguales sin esas frases resonando, sin que un viejo te diga musitando entre dientes que más «cornás» da el hambre o sin escuchar como un amigo le dice a otro que es toro en plaza propia pero torazo en plaza ajena, y tal vez por eso hay gente a la que le gustan los toros y gente a la que no, porque como le dijo Rafael el Gallo a Ortega, tiene que haber gente «pa tó»…

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