Rafa Nadal es un héroe clásico en la era moderna. Una especie de Hércules en tiempos de Marvel. Un dios de la mitología griega que apareció miles de años antes que Spiderman, Capitán América, Iron Man o Thor, pese a que con este último comparte martillo en su brazo izquierdo. Hércules era el hijo de Zeus y como tal, nada más nacer, recibió del resto del Olimpo unos cuantos dones, entre los que destacaban la valentía y una fuerza descomunal. De hecho, cuenta la leyenda que, al tratarse de un hijo no deseado, Hera, la mujer de Zeus, intentó matarle enviándole dos serpientes a su habitación cuando tenía solo diez meses. Hércules no se asustó; las estranguló anudando sus cuerpos.

Nadal aprendió pronto a jugar al tenis y con apenas 16 años venció por primera vez al número uno español y su actual entrenador, Carlos Moyá. Al mismo ritmo, Hércules, siendo apenas un crío, fue capaz de vencer sin ningún arma añadida, nada más que con sus manos, a un león que devastaba los rebaños de su padre adoptivo, Anfitrión. El mito de Rafa como el de Hércules empezó a forjarse desde bien pequeño.

Hera, pensando en cómo deshacerse de Hércules, lo embrujó con un ramalazo de locura que, aunque duró tan solo unas horas, sirvió para que destrozase su vida: atentó contra sus propios hijos y, si no llega a ser por la intervención de Atenea, a punto estuvo de hacerlo contra su padre. Desde luego, para superar a Nadal en un partido en tierra batida a cinco sets haría falta un conjuro semejante: ha ganado 117 de 119 bajo ese escudo.

Cuando Hércules recobró la consciencia, y pese a que sus más allegados intentaron convencerle de que no había sido culpa suya, no podía creer lo que había hecho. Cayó en desgracia. Abandonó su hogar por miedo de volver a dañar a sus seres queridos y peregrinó al oráculo de Delfos, lugar donde en la antigua Grecia se viajaba en busca de respuestas: para encontrar el perdón debía ponerse a las órdenes de Euristeo, el mismo que había ocupado el trono que le pertenecía gracias a la ayuda de Hera. 

Euristeo lo convirtió en su esclavo y le ordenó realizar diez tareas de distinta índole para redimirlo. Además, prometió convertirlo en inmortal si lograba sobrevivir. Su fuerza mental, pero sobre todo física, su coraje y su ingenio fueron puestos a prueba como nunca antes. Finalmente, no fueron diez, sino doce. Los trabajos consistieron, principalmente, en matar, capturar y robar varias criaturas: león, hidra, cierva, jabalí, aves, toro, yeguas…

En el caso de Nadal, doce Roland Garros. En cada uno de ellos Rafa ha matado deportivamente a todos sus rivales, capturando todas las Copas de los Mosqueteros que ha tenido a su alcance (ha ganado todas las finales que ha disputado) y robando las ilusiones de Mariano Puerta (2005), Federer (2006, 2007, 2008 y 2011), Soderling (2010), Djokovic (2012 y 2014), Ferrer (2013), Wawrinka (2017) y Thiem (2018 y 2019).

Tras cumplir con su cometido, Hércules se retiró y volvió a disfrutar de una vida más o menos placentera hasta la fecha de su muerte (por culpa de otro hechizo). Incluso volvió a formar una familia. Ahora, y del mismo modo, Nadal ha cumplido su tarea culminando su decimosegundo Roland Garros. Rafa se ganó la eternidad hace tiempo, pero tratándose de él nunca se puede asegurar que esta haya sido su última faena sobre la arcilla roja de París. Eso sí, cuando eso deje de producirse y llegue el momento de su retirada coincidirá con una gran pérdida para el resto de los humanos. La del mejor deportista español de la historia, sin ir más lejos.

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