Damos por hecho que un partido épico solo puede serlo a cinco sets. Y no es cierto. Hay partidos excelentes que no están descritos por el marcador, sino por el juego. Así fue el último Nadal-Federer. Quien lo pretenda interpretar a partir del resultado se perderá en lo anecdótico. Un 6-3, 6-4 y 6-2 puede entenderse como un paseo militar, pero también puede ser una prueba de supervivencia. Hay películas que tienen mal puesto el título y hay partidos que eligen mal el resultado. Lo esencial es que tanto Federer como Nadal pelearon por la supremacía del tenis antes que por la final de Roland Garros, tan sublime y agónico fue todo. Su batalla fue la continuación de las 38 anteriores. La guerra finaliza cuando se retire el último y la gana quien haya conseguido más torneos de Grand Slam. Federer tiene 20; Nadal va camino de los 18.

Todas las palabras con las que podríamos comentar la victoria de Nadal están gastadas o sonarán impostadas. Nadie notaría la diferencia si pegáramos aquí párrafos de viejas crónicas. Tenemos quince años para elegir. Hasta es posible que yo mismo esté calcando líneas de manera inconsciente. Diré, para no repetirme mucho, que Nadal ha vencido durante su carrera a enemigos contra los que debería perdido de manera sistemática y hasta quedar extinguido. El primero, Federer. Lo normal hubiera sido acomplejarse ante el mejor tenista de siempre, dejarle paso. Pues no. Rafa le supera el balance de enfrentamientos directos por 24-15. Lo lógico habría sido rendirse luego a las lesiones, fruto de un exhibicionismo físico que siempre consideramos temerario. Pues tampoco. Rafa ha controlado la erosión de sus rodillas o ha decidido ignorarla por completo. La meta está demasiado cerca como para detenerse ahora, ya habrá tiempo para descansar, el mundo está repleto de sillas.

Ni siquiera Nadal ha podido con Nadal. Sus crisis de juego y personales le dejaron sin confianza en sí mismo hasta convertirlo casi en un campeón en retirada. También a ese gigante lo derrotó.

El elogio debe anticiparse a la final porque es independiente del resultado. Tanto si gana como si pierde, Nadal ha alcanzado un objetivo que trasciende las aspiraciones de un deportista para entroncarse en el más íntimo de los deseos humanos.

La inmortalidad.

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