La Selección española Sub-21 generó casi media de hora de ilusión máxima. En ese tiempo nos sentimos dueños del campeonato y del futuro. Sacamos pecho y exigimos la jubilación de la Absoluta. Hasta proclamamos un nuevo orden mundial. No es fácil jugar mejor y no es sencillo bailar en su casa a una selección como la italiana, no importan ni los años ni los siglos. El gol de Ceballos era la representación palpable de ese inicio fulgurante: el centrocampista del Real Madrid (todavía) se buscó el mínimo espacio para disparar y su zapatazo entró por una escuadra. Hermoso, germánico.

Bien, pues el suflé se desinfló súbitamente. Federico Chiesa, el mejor de los italianos —hijo de Enrico Chiesa, ex ex de Sampdoria, Parma, Fiorentina o Lazio— atacó por banda izquierda a su par y le robó todo lo disponible (posición, cartera, dignidad). Nunca sabremos si el chut que terminó en gol era intencionado; lo indudable es que Unai Simón recibió el justo castigo por no defender su palo.

Italia cambió y España también. Las patadas de los anfitriones (muchas) ya no eran de impotencia, sino de intimidación. Con carácter y con Chiesa les bastó a los italianos para apropiarse del partido.

En la segunda parte recuperamos la memoria, durante un rato al menos. Entendimos que el talento era nuestro en mayor medida y que circular la pelota con agilidad nos acercaba a la portería contraria. En el mejor de nuestros contragolpes (Soler falló en el último pase) se gestó la condena para España. En la continuación de esa jugada, la pelota llegó a Cutrone (apellido muy bien puesto), que entre forcejeos y algo de fortuna conectó con Chiesa para que marcara el segundo. Lo siguiente fue dispararnos en el pie, en el único que nos quedaba sano. Un penalti de Soler, que tuvo una noche satánica, nos tumbó definitivamente.

El problema es mayúsculo porque en esta Eurocopa clasifican para semifinales los primeros equipos de cada uno de los tres grupos y el mejor de los segundos. Es decir, ya no dependemos de nosotros mismos. No somos dueños ni del presente ni del futuro. Y recuerdo que los semifinalistas tendrán plaza asegurada para los Juegos de Tokio. De modo que solo queda ganar lo que resta y observar de reojo. La buena noticia es que perdimos sin ser peores. O tal vez esa sea la mala noticia.

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