Es difícil escribir contra la alegría de los aficionados del Liverpool, gente apasionada y que canta muy bien. Sin embargo, sin negar los méritos contraídos hasta el último partido, la verdad es que la final la ganaron los de rojo por un penalti que muy probablemente no lo era, o que no debería haber sido pitado, porque no era suficiente, y porque un partido tan grande no puede decidirlo algo tan vulgar como una axila, concretamente la oscura e insondable axila de Sissoko, que, por cierto, entró en el área como si estuviera espantando palomas.

Esta noche, y escribo mientras escucho el Never walk alone coreado por varios miles de aficionados, el Liverpool hubiera merecido ganar antes Eurovisión que la Copa de Europa.

Ese penalti a los 26 segundos del inicio condicionó por completo el juego y nunca sabremos cómo habría evolucionado ese partido sin penalti. Queremos pensar que esa otra posibilidad nos habría deparado un duelo excitante, tanto como las semifinales. Desde que vimos remontar al Liverpool y al Tottenham creíamos, inocentes, que el fútbol sería así a partir de ahora. Pues no. Aquello fue uno de esos cometas que pasan cada cien años.

Así que no salimos de nuestro asombro al asistir a una disputa meramente especulativa, y a ratos descorazonadora, porque sin la pasión como ingrediente descubrimos que los finalistas no son equipos especialmente dotados técnicamente, al menos en la zona de creación. El resumen es que al Liverpool ya le valía y al Tottenham no le alcanzaba. Ni un solo futbolista mejoró a la streaper que interrumpió el juego.

Por si no fueran bastantes los problemas de Pochettino, Kane no estaba al cien por cien, quedó claro muy pronto, y Eriksen apenas entró en contacto con el balón en los primeros 45 minutos. Demasiadas desgracias juntas.

En la segunda parte fue el vértigo (a ganar y a perder) lo que aceleró el partido. El Tottenham se acercó más al gol con Lucas Moura sobre el campo, pero entonces surgió la figura de Allison Becker, la corrección del destino a las calamidades de Karius. Ante un portero tan bueno no se puede llegar de cualquier manera y así es como llegó el Tottenham. Tampoco el árbitro era partidario del milagro. Lo poco que pudo barrer lo escondió bajo la alfombra del Liverpool. No había escapatoria. La final era roja y Origi, falso torpe, sentenció el asunto con un tiro que solo hubiera podido desviar Allison.

Ahí terminó. Y la única opción fue alegrarse por los cantantes de rojo, por su sexta Copa de Europa, por esa alegría desbordada que todo lo oculta y todo lo hace olvidar, hasta que el origen de la felicidad fue una axila negra e insondable.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here