Hablar de Roky —acrónimo de su verdadero nombre Roger Kynard— es contar la historia de un maldito, de uno de los más heterodoxos interpretes del rock.

Nacido en Dallas, saltó a la escena de la mano de su grupo The 13th Floor Elevators, que fue una de las bandas que sentaron las bases del rock psicodélico de los 60. Los problemas con las drogas y su inestabilidad mental fueron el cóctel que le condujeron al psiquiátrico. En un juicio por posesión de drogas, un abogado muy competente le aconsejó que se hiciese pasar por loco para salvarse así de entrar en prisión. Roky declaró haber sido contactado por extraterrestres y le enviaron de cabeza a la institución mental donde sufrió toda clase de tratamientos de choque.

Más tarde cayó en el anonimato, y con las neuronas completamente destrozadas emprendió su carrera en solitario en la que compuso sus mejores temas que tristemente no obtuvieron reconocimiento alguno. No fue hasta la década de los noventa que asistió al rescate de su figura gracias a la reivindicación de otros artistas como los propios REM y al apoyo de sus incondicionales.

Roky fue la voz de un loco que cantaba con la dulzura y el desgarro del que vive en una continua alucinación. Su música es la esencia del rock más garajero y underground. Su figura es la de un sintecho abandonado y tirado debajo de un puente con una botella en la mano. Sus canciones nos hablan de perros con dos cabezas, de noches de vampiros, de paseos con zombies, de caras blancas… en definitiva de todo el imaginario de la serie B y de todas las desconexiones que habitaban su cerebro.

Hay que ser muy grande para hacer una canción con cuatro acordes y una sola frase repetida constantemente.

Descanse en paz el más genial de los malditos, el más auténtico de los rockeros.

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