Jugar un partido de tenis sin saber si será el último. No el último de tu vida, no me quiero poner dramático, pero sí el último con algo con juego; es decir, el último de tu vida. Jugar bien, además. Lo que también aproxima al drama, y no me quería poner dramático, porque hay partidos que no merecen ser perdidos, pero que se pierden, y duele más cuando no hay revancha. La cabeza de David Ferrer debía ser una jaula de grillos mientras Roberto Bautista le exigía lo mejor de su juego, que todavía es mucho. Cuando ganó el primer set (6-4), Ferrer se imaginó en la siguiente ronda, imposible no pensarlo. El partido a partido no se aplica cuando juegas el que puede ser el último partido de tu vida, no olvidemos nunca ese dato. De la misma forma, cuando David perdió el segundo (4-6), se debió preparar para la probabilidad cierta del adiós. A los 37 años, los partidos que se alargan no son una buena señal.

Al rato, creció el drama del que pretendíamos huir. Ferrer no estaba afrontando ya el que podía ser su último partido, sino el que podía ser su último set. Y el asunto fue a peor cuando Ferrer tuvo que ser atendido por el fisioterapeuta, tumbado sobre la tierra, con dolores en su pierna izquierda y evidentes muestras de dolor. Dominaba el marcador por 3-2 y saque. Pero una pierna se le había retirado antes de tiempo, la autodeterminaciones un fenómeno en boga.

David perdió la concentración antes de perder el juego. Anulado su saque, Bautista empató (3-3) y olió la sangre o la contusión, quizá la vejez. Sin embargo, en situaciones de máximo riesgo el individuo, cualquiera, es capaz de desarrollar una fuerza extraordinaria que niega el dolor porque niega la muerte. A eso se agarró Ferrer. Ya no era el último partido de su vida, ni el último set. Eran tal vez los últimos juegos, los últimos minutos y los últimos dolores. Bautista, confundido por esa resurrección inesperada, entregó su saque (3-4) y se sintió de pronto como un invitado a la fiesta de otro. Tardó en darse cuenta. Nadie le animaba a él.

Ferrer sirvió para ganar y ganó. Heroico, como en toda su carrera, porque es una hazaña sobreponerse a las dificultades añadidas, al mayor talento de los otros o a su juventud, a todo al mismo tiempo, nunca le importó. David Ferrer todavía no se ha retirado. Mañana le espera, en el último turno de la noche, Alexander Zverev, cuarto jugador del mundo y quince años más joven. Que se prepare el niño ruso porque se acostará tarde.

 

 

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