Nada más empezar el partido, un error tonto del argentino Cáseres inclinó el duelo en favor del Valencia. El centrocampista del Villarreal dejó el pie cuando Guedes recortaba hacia fuera e hizo penalti. Tan solo se habían jugado seis minutos y quienes tienen buena memoria recordaron lo ocurrido hace 15 años en la Copa de la UEFA. Entonces, Belleti fue quien cometió el penalti y Mista quien adelantó al Valencia. Esta vez, Parejo lo falló, igual que le ocurrió en Vallecas el pasado domingo, pero Guedes corrigió su error y empujó el balón a la red. La historia tiene la mala costumbre de repetirse. Además, en el fútbol no hay nada más importante que las rachas. Y, ahora mismo, Valencia y Villarreal viven en dos planetas distintos.

A partir de aquí, el partido solo tuvo un color: el amarillo. Quedó claro entonces que el problema del Villarreal no es la actitud, sino la mentalidad. No se lo cree. Los de Castellón juegan muy bien al fútbol, mueven el balón con paciencia y llegan al área. Pero delante de la portería no tienen fe. Pese a todo, un penalti de Garay les dio la ocasión de igualar el marcador. Cazorla cogió rápido el balón dispuesto a enmendar el error que cometió contra el Betis. Y lo consiguió. Nada más marcar, el asturiano pegó una patada al poste acompañada de un grito rabioso.

La segunda parte siguió igual. El Valencia estaba desaparecido y sus únicas aproximaciones llegaban a la contra. En cambio, el Villarreal lo intentaba de todas la maneras. La velocidad de Chukwueze puso en apuros a la zaga valencianista. Pero Neto y la mala suerte levantaron un muro para los amarillos. Al final, la falta de fe condenó al equipo local. En el descuento, el Valencia, que tiene fe y confianza, sentenció. Wass y Guedes anotaron dos goles que valen el pase a semifinales. El jueves, en Mestalla, sabremos si los milagros existen.


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