En la película Los Archivos del Pentágono hay una escena en la que Meryl Streep que interpreta a Katharine Graham, la propietaria de The Washington Post, llega a la reunión donde se debe decidir la salida a la Bolsa del diario cargada de libros y después de haberse estudiado todas las posibilidades. Entre hombres, se preguntan una cifra y ella murmura: «Tres millones de dólares». Ni caso. A continuación la cuestión es cuántos puestos de trabajo costarían y Graham añade: «25». Nadie la escucha. Es la única que ha hecho los deberes, pero hasta que el señor que tiene sentado al lado no dice «tres millones y 25» es como si su voz no fuera audible para el resto. 

En la manifestación de ‘Las periodistas paramos’ en Barcelona de el pasado viernes 8 de marzo le recordé la escena a una compañera que me contaba exactamente lo mismo. Que ella hablaba en la redacción, en una reunión o en antena, y que parecían no oírla hasta que un compañero, hombre por supuesto, decía exactamente lo mismo que y entonces…  ¡Eureka! Ideaza. Se lo recordé porque a mí también me ha pasado muchas veces y cuando lo vi en la película de Spielberg, tan sutil, son apenas cinco segundos en medio de la gran historia sobre si publicar o no los archivos secretos, se me quedó grabada. 

Compartí la jornada de huelga con compañeras periodistas como yo. Las historias, las experiencias, son casi calcadas y da igual si eres de deportes, economía, local o sociedad. Si tienes 45 años o 30. Jefes que te tratan con condescendencia en el mejor de los casos, cuando no te pegan un repaso de arriba a abajo o te comentan el bonito color de tus ojos cuando les estás proponiendo un tema, el esfuerzo titánico por ser pluscuamperfecta para que nadie pueda tener la mínima queja sobre ti a la que agarrarse, la continua demostración que no acaba nunca para que confíen en ti mientras asistes a la subida de compañeros sin tener que esforzarse tanto ni renunciar a nada. Las dudas sobre si no eres lo suficientemente buena cuando eso ocurre y el ¡pam! cuando te das cuenta que no es una cuestión individual, sino un sistema que lleva siglos en marcha y a pleno rendimiento. Los comentarios sobre si tienes la regla cuando te atreves a llevar la contraria y levantar la voz -en serio, señores, los cambios de humor son los días antes, si van a hacer el chascarrillo al menos háganlo con propiedad que a estas alturas ya han tenido madres, hermanas, novias y amigas que se lo han explicado-, las decepciones, la tristeza y la rabia cuando deciden que algo «es lo mejor para ti», sin habértelo consultado siquiera. Como cambiarte de horario si te quedas embarazada para limpiarte después y encontrarte cuando regresas de la baja maternal que has bajado un peldaño. Si eres madre porque lo eres, si no ¿lo estás pensando? Y si no, ¿cómo es posible eso? A ver, a ver, a ver: ¿qué fallo tienes? 

La sospecha permanente. Si prosperas por algo será. Algún trato de favor tendrás. Por supuesto sexual. La otra opción es que eres demasiado ambiciosa -los hombres no son nunca demasiado, tienen iniciativa, son emprendedores con carácter- y por lo tanto careces de cualquier tipo de ética o escrúpulos y te comerías a tu madre cruda sin pestañear siquiera y sin ningún cargo de conciencia. Si eres joven y mona eres carne de cañón, aguantarás los comentarios babosos, todos comentarán tu aspecto y lo excepcional será si alguien te toma en serio. Si eres joven, pero no eres mona, estás resentida con el mundo mundial y tampoco eres de fiar.  Si eres mayor tienes envidia, te has convertido en una amargada celosa del éxito de los demás y no has tenido éxito profesional porque eres una mediocre que se lo creía un montón.

Y vuelves a trabajar al día siguiente de la huelga y de haberte conseguido reír de todas las mierdas habidas y por haber y haberte permitido llorar por lo que has perdido y aguantado y lo primero que te preguntan es: ¿Pero tú de qué te puedes quejar si trabajas aquí y somos todos cojonudos? Y como Meryl Streep haciendo de Katharine Graham en la peli, sientes que no han escuchado absolutamente nada de lo que has dicho. Pero volverás a levantarte otra vez. Y otra. Y otra. Porque sabes que son tres millones y 25. Y ellos no. 

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