Seguramente no sea un gran consuelo para los madridistas, que aún andan entre enfadados y taciturnos por lo de este martes. Si les hubiesen dado a elegir un partido que ganar esta semana en los octavos de la Liga de Campeones, en abrumadora mayoría no hubiesen escogido éste –hechas las excepciones de los propios protagonistas y su bienintencionado entorno-, pero menos da una piedra y lo cierto es que el Real Madrid ha colocado a su equipo de juveniles en los cuartos de final del torneo más importante a nivel de clubes en su categoría. Y lo ha hecho por la puerta grande: venciendo al gran rival de la capital, en su propio campo y ejecutando la venganza por la final de Copa que la temporada pasada cayó del lado rojiblanco. Si a eso se le suma la inercia de la pelea que merengues y colchoneros llevan librando los últimos años en todos los frentes, en especial a nivel europeo, los jóvenes entrenados por Daniel Poyatos han asestado un (pequeño) golpe más en la moral de sus vecinos del sur.

El viento fue el elemento de mayor atención en una primera mitad donde el Real Madrid tuvo la posesión y el Atleti las aproximaciones, anodinas en ambos casos. En esa guerra de nada o casi nada, Fran García, lateral de los visitantes, se vistió de Schone, uno de los rubios del Ajax, para anotar un tanto parecido al que anotó el danés en el Bernabéu el día anterior. La particularidad estribó en que el marcado por el defensa madrileño no fue a balón parado; a Dos Santos, portero del Atleti, le diferenció de Courtois el no paso adelante y que el aire catapultó el balón de una forma difícilmente descifrable. Corría el minuto 27 y era lo primero peligroso que sucedía en el encuentro. Y así se fue la cosa al descanso, sin más que contar el inicio de los primeros piques que se convertirían en expulsiones más tarde. Los derbis son y serán momentos de rascar, sin importar lo que ponga en el DNI de los comparecientes.


Mollejo, lo mejor y lo peor


Mollejo, debutante con el Atleti del Cholo a poco de cumplir la mayoría de edad, era el joven que más miradas atraía, por aquello de la popularidad. Y si en los primeros 45 minutos había pasado desapercibido –aunque se había ganado una amarilla por un encontronazo con Pulido-, el delantero ascensor de los rojiblancos (tan pronto juega con los juveniles, como con el “B” o el primer equipo) conectó en el 49’ un gran cabezazo picado que colocó el empate en el electrónico. No es especialmente alto, pero se lleva los balones aéreos como Griezmann; tampoco es corpulento y quizás su apariencia alopédica incida en cierta imagen de fragilidad, pero pelea como Costa. Mientras se le busca característica de asemejo a Morata, el punta siguió echándose el equipo a su espalda. Más tarde lo haría el extremo Cedric Teguía, que haría sufrir a Sergio López con su verticalidad. Pero en medio pasó algo, algo verdaderamente significativo. Solo cinco minutos después de las tablas colchoneras, Ricard agarró a Pulido en el área y el italiano Di Bello señaló el punto de penalti. La pena máxima fue transformada por Alberto, poniendo el 1-2 que ya no se movería.

La emoción del resultado y el paso de los minutos fue el sostén del choque, de poco fútbol y en el que los de Carlos González rondaron el área blanca, sin ponerla en grandes apuros. Un acta apuntaría los tiros de Varela, arriba, o de Mollejo, sin fuerza punzante, pero el empate no parecía especialmente cercano. La llegada de los últimos minutos dejaron los mejores momentos del anteriormente mencionado Cedric y la aparición de los nervios y enfrentamientos. Mollejo vio en el 88’ su segunda amarilla por protestar y Óscar Castro en el 94’ por una patada a Pedro. El Atleti acabó con nueve y más ansioso que preciso; y el Madrid, sin hacer nada del otro mundo, con las pulsaciones altas pero con el pase en el bolsillo. Una película que hemos visto alguna que otra vez, al fin y al cabo.

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