De algo tiene que servir todo esto. Toda la parafernalia, el éxtasis, las hipérboles. No puede todo quedarse en el campo –nunca ha sido así-, porque las historias trascienden los estadios, las ciudades, los equipos, los países. El fútbol nunca ha sido sólo un juego y vaya que los políticos lo saben, porque han tratado, a como dé lugar, de robárnoslo, de usarlo, de manipularlo. Lo hicieron Getulio Vargas y Videla, también Franco y Pinochet. El fútbol es un arma que, apuntada en la dirección equivocada, puede ser fatal. Pero también puede salvar vidas.

Y como Venezuela tiene también a su Franco o a su Pinochet, el fútbol ya ha sido víctima de sus satrapías. Mientras el país sufre la peor crisis de su historia, con un presidente deslegitimado a cargo, el fútbol ha alumbrado un poco las tinieblas. Mientras Venezuela se ahoga en la inflación y gatea, a trompicones, por las tinieblas, veintidós tipos han dado el ejemplo que todo el mundo debería ver y admirar. Tras cuatro días ininterrumpidos de apagón generalizado (hasta el momento de la publicación de este texto, Venezuela seguía a oscuras), Zulia y Caracas FC debían disputar un partido correspondiente a la séptima fecha el Torneo Apertura.

El equipo capitalino apenas pudo llegar al estadio Pachencho Romero, de la ciudad de Maracaibo, debido a problemas técnicos que se produjeron en el aeropuerto internacional La Chinita, de esa ciudad. Llegados al estadio, los equipos notaron que en los vestuarios no había ni luz ni agua, por lo que solicitaron, sensatamente, que el partido se suspendiera hasta que las condiciones fueran las adecuadas. La Federación Venezolana de Fútbol exigió que el partido se disputara sin ofrecer ningún tipo de garantías a los equipos. Sin embargo, si es que ambos cuadros no se presentaban en el campo, perderían los puntos.

Lo que hicieron luego los veintidós jugadores fue un acto político que se suma a tantos otros que se producen día a día en el país. Los futbolistas se pararon en el campo y así estuvieron, sin patear el balón, por cincuenta minutos, hasta que el árbitro decidió suspender el encuentro. Las gradas vacías, los pocos cánticos de los escasos aficionados y los abrazos cómplices de los rivales fueron síntomas inequívocos de un régimen que reproduce constantemente los peores vicios de las dictaduras más salvajes de nuestro continente.

Pero también fueron síntomas de una sociedad que está harta y dispuesta a protestar con las herramientas legales –y pacíficas- necesarias para mostrar al mundo la situación paupérrima y peligrosa en la que vive. El fútbol moderno, hijo adoptivo de la globalización, tiene un poder que a veces pasa desapercibido: es capaz de juntar a gente muy distinta en un mismo lugar, ya sea frente a la televisión o en el estadio, ya sea físico o virtual, que comparte las mismas ansias de gloria que sus pares. En este caso, además, comparte la necesidad de tener paz.

Esos veintidós muchachos que decidieron no jugar en señal de protesta arrojan un poco de luz sobre un país que parece estarse cayendo a pedazos, ahogado en la oscuridad que ha creado un déspota, como tantos otros que hemos tenido en este lado del mundo.El fútbol no detendrá la inflación ni sacará a Maduro de la pesadilla megalómana en la que se ha convertido, pero sí tiene el poder de hacernos ver, de darnos un mensaje, de movernos el piso.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here