Lo que voy a exponer es tan insensato como provocador así que les ruego que lo mantengan en secreto. Los españoles no somos iguales, pero somos enormemente parecidos, al menos, en lo esencial: arrebatos sublimes, afanes centrífugos y temores atávicos. La demostración la tenemos en ese puchero que es la Selección española y del que sale un estofado que nos define. De ser tan diferentes como nos creemos, los equipos que nos representan cambiarían en función de la personalidad de los futbolistas. Y no es así. España siempre es igual. Basta con observar las diferentes clasificaciones para Mundiales o para Eurocopas, y el experimento no se ve alterado en los torneos en cuestión salvo gloriosas excepciones, concretamente cuatro.

El partido contra Noruega fue un resumen de lo que digo. De inicio nos sentimos ganadores antes incluso de serlo; goleadores antes de hacer el primer gol y candidatos aventajados para ganar la próxima Europa, donde quiera que se juegue. Cuando Rodrigo marcó a los catorce minutos confirmamos todas y cada una de nuestras impresiones. Este año sí. O el que viene. Luis Enrique ha dado con la tecla. El equipo ha recuperado la velocidad y la verticalidad. Esta generación nos dará muchas alegrías. Faltaba Parejo. Cosas así pensamos mientras le prestábamos al partido atención relativa porque ya lo habíamos visto mil veces, dos mil los que pasan de los cuarenta.

Mientras contábamos goles que no habíamos marcado, nos empató Noruega. Un penalti de Íñigo Martínez dio vida a un equipo que ya soñaba con el duty free. Hasta ese instante, Noruega sólo había dejado detallitos de Odegaard, que es un muchacho que se desarrolló rápido hasta los quince años y que ahora crece lento.

La igualada nos devolvió a los fantasmas habituales. Falta Piqué. No hay talento, ni equipo, ni futuro. Si no nos dio tiempo a regodearnos en los muchos argumentos del pesimismo es porque un penalti nos interrumpió la pesadilla. Solo un portero escandinavo, habituado a talar árboles en la tundra, puede derribar así a un delantero, con semejante contundencia. Sergio Ramos se dispuso a lanzar y antes de hacerlo se le descubrió cara de Panenka, bigote incluido. Por suerte, sus costumbres no son noticia en la tundra.

España se volvió a poner por delante y entonces regresamos al punto de partida. Todo es posible, afirma a estas horas una mitad del país, mientras la otra desprecia la victoria, la competición y la paella. Siempre ha sido así. Cambian las caras y los modelos de camiseta Adidas, pero al final nos repartimos entre los que tiran de la cuerda hacia un lado y los que empujan para el otro. Por eso tiene tanto mérito que la Selección no se marque goles en propia puerta. Es un milagro lo de este equipo.

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