No suelo prestar atención a los músicos callejeros, incluso aunque la música me guste. Pero no tuve más remedio que pararme ante el hombre encapuchado que ocultaba su rostro a la audiencia en ese escenario improvisado que es la Puerta del Sol. Y es que era imposible que su voz rasgada y su habilidad con la guitarra española no te atrajeran. Como un flautista de Amelín, gente de todo tipo empezó a rodear a aquel virtuoso músico. Nos quedamos como hipnotizados ante aquel mago que, sin exagerar, ora era Camarón resucitado, ora Paco de Lucía regresado de los cielos.

Pero no eran solo las notas musicales las que nos hicieron flotar sobre la atmósfera de la capital, era la propia disposición del personaje. Una andrajosa figura, tímida en extremo, que desechó enseñar el rostro aunque lo pidiera el público. Una persona que representó durante unos instantes todo lo que hay de bueno en la humanidad: el arte y el cariño. Cualquier palabra se queda corta para reflejar lo que este caballero andante nos hizo sentir y recordar. Durante unos instantes, este ser solitario nos hizo entender el sentido de todo, sin dar ninguna explicación.

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