A la media hora de partido, el público del José Zorrilla ya había celebrado cinco goles: dos los anuló el VAR, otro se esfumó en un penalti fallado y el último, el único cierto, fue festejado dos veces, cuando lo marcó Anuar y cuando el árbitro ordenó al Real Madrid sacar de centro. La enumeración de alegrías y alegrías interruptus da medida de lo que fueron los primeros 30 minutos, una locura local y una agonía visitante. Pues bien. Hasta ahí llegó el Valladolid. Todo lo que sucedió desde ese punto lo hizo en su contra. Masip regaló el empate a Varane con una salida a por uvas y Óscar Plano sentenció a los suyos al atropellar a Odriozola, ya en la segunda mitad. Benzema y Modric completaron la faena. Dice el refrán que al perro flaco todo se le vuelven pulgas. Pero se queda corto.

El Valladolid es un equipo que tiene más virtudes de las necesarias y que carece de las imprescindibles. Tal y como demostró en el primer tercio del choque, sabe presionar, jugar y desplegarse. No anda sobrado de gol, es evidente, pero genera ocasiones por pura insistencia. Nadie desentona en las acciones de ataque. Su problema, y es grave, es su absoluta incapacidad para protegerse. Seguramente si tuviera menos virtudes y más efectivas dispondría de más puntos.

Por lo que respecta al Madrid, es extraña la forma en que lo trata la fortuna. La suerte, buena y mala, no se le distribuye más o menos equitativamente en cada partido, como suele ocurrir. Esta temporada a los días aciagos les siguen otros luminosos. De tal manera que después de las penurias sufridas contra el Barça (dos veces) y el Ajax, ahora tocaba un duelo con los ángeles de la guarda a pleno rendimiento. Así, de la mala suerte recalcitrante, el equipo pasó a una noche dulce en la que contó con la generosa ayuda de su adversario.

No es posible saber lo que pensaba Ronaldo en el palco, él que era un asesino implacable. Tampoco podemos imaginar las cavilaciones de Sergio en el banquillo, o de los espectadores en la grada. En cualquier caso, les damos la enhorabuena y el pésame. No se puede jugar mejor y peor en el mismo partido.

El mérito del Real Madrid fue no deprimirse profundamente. Solo lo hizo un poco y durante media hora. Después, animado por el gol de Varane, se convirtió en dominador del encuentro, excepción hecha de los primeros minutos de la segunda mitad, cuando el Valladolid pudo marcar de nuevo. Hasta que el penalti a Odriozola cercenó las aspiraciones de Pucela. Nunca sabremos lo que pensaba Oscar Plano antes de arrollar al lateral madridista. Probablemente no pensó nada en absoluto. Es el vértigo lo que nos lleva a saltar al vacío. 

Benzema transformó el penalti y volvió a marcar luego de cabeza. Fue el premio a su liderazgo, más que a su instinto depredador. Modric redondeó la noche y su gol convirtió la primera media hora en mentira, nunca sucedió, jamás será mencionada en los resúmenes del partido, nadie comentará que Solari perdió la cabeza en Valladolid porque salió de allí con ella puesta. De momento.

 

 

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