Era fácil burlarse del efecto Vinicius y hasta cierto punto lógico. Quienes preguntaban a cada rato si el chico había ganado ya el Balón de Oro o el Nobel de la Paz no ofendían en absoluto. No hacían más que ejercer su derecho a la ironía. El Real Madrid del presupuesto millonario lo fiaba todo a un chico por contrastar. Suele ocurrir en los tiempos de crisis. Se mira alrededor y se designa a un héroe. En el caso de Vinicius le ayudó su brillante negritud. Y su origen brasileño. Y su precio, 61 millones. Y, sobre todo, su sonrisa. En un club triste nada fascinó tanto como eso. El muchacho reía.

Así que el madridismo lo convirtió en esperanza blanca aun antes de tener motivos. Vinicius era un acto de fe. Y lo siguió siendo después de sus primeros partidos. El chaval prometía, desde luego, pero a cada joven le lleva un tiempo distinto cumplir sus promesas, meses, años. Lo extraordinario es que Vinicius ha necesitado menos de veinte partidos, apenas cuatro meses.

Pese a todo, la desconfianza ha persistido hasta hace muy poco, incluso la burla. Se admitían sus condiciones, pero se bromeaba sobre su falta de tino en las acciones finales. Siempre elige mal, eso se dijo tras el Camp Nou. Y era bastante cierto.

El prejuicio contra Vinicius nos impidió advertir su crecimiento. El chaval no se veía afectado ni por los elogios desmedidos ni por las críticas ácidas. Su descaro es patológico. Y su alegría también. Lo pudimos comprobar en el Metropolitano. Cada vez que Vinicius corrió con el balón controlado descosió las costuras de la mejor defensa de Europa en los últimos años. Eso no lo hace un espontáneo. Ni un polvorilla. Nunca pareció tan viejo Godín como en la disputa con el chico. Y tampoco recordamos a un Giménez más impotente, el penalti fue su condena.

Vinicius fue el origen de la victoria del Real Madrid, la primera en el Metropolitano, aunque el primer gol lo hiciera Casemiro. Y fue un buen gol, por cierto, favorecido por la vigilancia a Sergio Ramos. De niños, todos hemos imaginado un gol similar y lo hemos ensayado con aterrizaje en la cama. Ni Oblak para esos remates. Si acaso, la lámpara. 

Que Griezmann empatara resultó una sorpresa, porque no era esa la tendencia del juego. El partido pertenecía al Madrid, a pesar de la presión inicial del Atlético. La sensación no fue que tuviera más fútbol, no solo eso, sino que contaba con mejores futbolistas. Y sospecho que su adversario no tardó en llegar a la misma conclusión. El penalti de Giménez, discutible si hay ganas de discutir (la acción se prolongó hasta dentro del área), fue un tiro en el pie del Atleti. El gol no concedido a Morata sonó como el rumor del último tren.

El dominio blanco se hizo apabullante y el cambio de Bale por Vinicius fue un símbolo de cuánto puede cambiar la vida y el fútbol. Que el galés marcara el tercero también nos dice algo. Solo a él le sobran los goles. Lástima esa melancolía suya de Cumbres Borrascosas. Aunque vayan ustedes a saber. Tal vez Bale se sienta liberado de la responsabilidad que quisimos adjudicarle. Quizá le motive este papel secundario. Cualquier cosa es posible. Hasta imaginar un héroe y que lo sea de verdad.




4 Comentarios

  1. Normalmente me suelen gustar sus crónicas de los partidos, pero su madridismo le impide ser objetivo.
    Decir que el Madrid fue mejor y que le pertenecía el partido. Qué partido ha visto?.
    Discutir sobre el penalti?. Es evidente que fue fuera del área, pero claro, es el Real Madrid.
    Qué pena de periodistas!!

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