La Champions es ese torneo que aparece en el camino de equipos sumidos en depresiones puntuales como la pastilla perfecta para tratar el dolor. Que se lo pregunten al Real Madrid. Parece que el Bayern sigue siendo el de toda la vida, pero no lo es, destronado actualmente en la Bundesliga, necesita un lavado de cara y renovar sus ilusiones. El dúo formado por Ribéry y Robben ya está negociando sus últimas funciones y esta noche, ante el Liverpool, el Bayern ha empezado a entender cómo será su vida sin ellos. Con la ausencia sensible de Müller, sancionado para ambos partidos, y sin Boateng, con una gastroenteritis, el Bayern se vestía de cordero para enfrentarse a un Liverpool al que le gusta el rock & roll. Por su parte, los de Klopp encaraban el partido con la baja del mariscal Van Dijk por sanción, y sin Lovren, fuera por lesión. A pesar de las bajas, la noche no perdió ni un ápice de su misticismo en Anfield, diez Copas de Europa en las vitrinas, cinco en un lado, cinco en otro, una guerra entre dos monstruos europeos que llama la atención de todo el viejo continente cuando se ven las caras en el mejor escenario del mundo.


El Bayern pretendió dormir el partido desde el primer minuto porque sabía que si se entregaba al ritmo y a la intensidad propuestas normalmente por el Liverpool, sufriría de insomnio y se le haría la noche eterna. Sin embargo, no sé si por respeto o por miedo a la sombra del Bayern, el Liverpool renunció a la chispa inicial y fue un equipo más prudente que vertiginoso.  Los dos jugadores llamados a poner la dinamita, Salah y Lewandowski, tuvieron sus ocasiones para abrir el marcador, pero la batalla se desarrollaba con mucho más ímpetu en el centro del campo —más con un Liverpool ralentizado—, que en las áreas. El Bayern no estaba incómodo, pero tampoco dominaba; el Liverpool no corría riesgos, pero cuando imprimía velocidad al juego, los alemanes reculaban. Un tira y afloja que se cocinaba a fuego lento y que sobre el papel, favorecería a largo plazo a los germanos. El Liverpool le propinó al Bayern varios latigazos al final de la primera parte sin la  debida puntería y el Bayern aguantó el tirón sin inmutarse, sabedor de que quedaban por disputarse, al menos, 135 minutos más, 90 de ellos, en el Allianz Arena.


En el segundo tiempo el Bayern arriesgó algo más en la salida de balón, subió una marcha y trató de contener a un Liverpool más directo, aunque impreciso en sus contraataques. Las ocasiones llegaban en momentos puntuales, pero ninguno de los dos equipos fue regular en su ambición por tomar las riendas del encuentro. Al Liverpool se le echó en falta más desparpajo en su propia casa, fue un partido complicado para sus delanteros, casi desterrados al rol de actores secundarios, desenchufados y apagados por el buen hacer de la defensa alemana. Ambos equipos renunciaron a los golpes bajos, y el combate, si somos justos, no merecía inclinarse a los puntos hacia ninguno de los dos púgiles. La eliminatoria estás más viva que nunca y el Allianz Arena será testigo de ello, una buena noticia para el Bayern y un desafío de los que gustan, y mucho, al Liverpool y a Jurgen Klopp.

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