Me siento frente a Solari y declaro mi primer prejuicio, que podría ser doble o triple. Solari es guapo, así lo dicen y así lo intuyo, y además es argentino, lo que dobla o triplica su capacidad de seducción. Asumo que los argentinos en España conocen el efecto de su acento y por eso frasean hasta el exceso, porque nos deben notar el derretimiento. Nada descubro si digo que los guapos son tenidos por el resto de los hombres como una especie sospechosa. Lo inmediato es suponer que tienen alguna tara, lo más probable es que pocas luces o algún defecto peor como el narcisismo o la arrogancia.

Solari, para colmo, es un tipo afortunado. Sin ser un futbolista notable hizo una carrera que mereció esa nota. Era abnegado en el esfuerzo y en el contacto con los medios de comunicación se mostraba como un universitario afable y aplicado. Así que no extrañó en absoluto que Solari terminara escribiendo El País en la justa aspiración —suya y del periódico— de replicar el fenómeno Valdano.

El siguiente problema, al menos en mi condición de testigo prejuicioso, es que Solari escribía bien. Muy bien, qué demonios. Sus análisis eran brillantes y certeros. El primer impulso fue pensar que alguien le escribía los artículos, probablemente el mismo negro que se los escribía a Valdano. Al final, no me quedó más remedio que aceptar mi derrota tridimensional, como futbolista, escritor y guapo en sueños. La rendición de Hirohito no fue tan dolorosa.

A su trayectoria como técnico no le presté mayor atención hasta que los astros se alinearon en su favor y fue nombrado entrenador del Real Madrid. Cuando se objetó su falta de experiencia o de méritos (de todo andaba justo), alguien recordó el virginal expediente de Zidane al acceder al cargo y se zanjó el debate. Solari, además, cumplía con los requisitos estéticos que tanto valora el club, que perdona antes un dedo en el ojo que un michelín.

Cuando se ascendió a Solari de interino a fijo con contrato hasta 2021 pensé que el club, asustado por las exigencias deportivas de Antonio Conte (¡quería decidir él los fichajes!), había advertido las ventajas de contar en el banquillo con un fiel empleado de la casa. Imagino que ya habrán notado la perversión del término “fiel”. Solari no se iba a oponer a una contratación (caso de Zidane con Kepa) ni escamotearía minutos a Vinicius, como hizo Lopetegui (probablemente con razón). Solari es, en el fondo, lo más parecido a no tener entrenador, ensoñación secreta del presidente.

Sin embargo, el destino natural de quien alcanza la cima es proceder al progresivo descenso. Después de ser guapo y futbolista, además de articulista reconocido, y después de haber sido nombrado entrenador del Real Madrid a los 42 años, a Solari solo le queda por transitar una zona que él habría descrito en sus columnas mejor de lo que yo seré capaz aquí. Se trata de un terreno minado porque le sitúa al punto de vender su alma al diablo, o para no ponernos tan dramáticos, al borde de renunciar a su estilo como persona y deportista. En su primera comparecencia como entrenador, cuando dijo que el equipo jugaría “con cojones”, Solari perdió repentinamente el acento argentino, además de traicionar el espíritu de sus artículos.

Desde entonces, ha alternado momentos de simpatía algo impostada con reproches solapados, generalmente contra Isco, ignoro el motivo. Nunca ha sido capaz de acudir a su rescate, ni siquiera verbalmente. Después de empatar contra el Villarreal, y acuciado por las críticas, Solari espetó a la prensa: “¿Hoy no me preguntáis por Isco?”.

Lo último ha sido afirmar que “los empates no hay que subestimarlos”, no sin antes recordar que el equipo estaba noveno cuando él llegó y ahora ocupa la cuarta posición (quinta, tras la victoria del Alavés). Qué buen artículo hubiera escrito Solari a partir de esas reflexiones. Qué diferente se siente la victoria según agarres con la mano un fusil o un bolígrafo. “Si cada vez que uno va a hablar sobre el Real Madrid está obligado a elegir entre bandos prefiero que cedamos los próximos cinco campeonatos, que Florentino convierta el Bernabéu en un estadio de baseball y que matemos el tiempo mascando chicle”.

Así escribía Solari, el anterior.

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