De estos partidos perdió Lopetegui unos cuantos y antes que él Zidane en su última temporada. Partidos que debieron ganarse por acumulación de ocasiones, por posesión e incluso por interés. Dijimos entonces que las derrotas eran accidentes, carambolas trágicas, hasta que la repetición nos hizo ver que en realidad eran síntomas de un problema más profundo. Existe una relación directa entre la suerte y la confianza. Y entre el optimismo y la victoria. El Real Madrid ha perdido sucesivamente la confianza, la suerte y el optimismo. El equipo imagina la derrota antes de que su rival sueñe con el triunfo.

Todo parte de una pérdida de referentes y no quisiera resultar cansino. Imaginar que los jugadores no se verían afectados por la salida de Zidane, Cristiano y luego Lopetegui, o por el insustancial papel de Solari (interino con contrato hasta 2021) era de una inocencia máxima. O quizá de una perversión absoluta. Los futbolistas perciben el desgobierno y se refleja en el campo. Ya no hay rastro de la fe colectiva que movía montañas. Antes, el Real Madrid ganaba estos partidos a empujones si era necesario. Ahora se diluye en una nostalgia insoportable.

Esta vez, además, el arbitraje se sumó a las penurias. Se reclamaron penaltis a Ramos y Vinicius, y juraría que lo fueron. El VAR, sin embargo, no dio la señal de alerta, y supongo que el asunto se usará como escapatoria para no abordar un análisis más general. Gritar “¡nos persiguen!” es tan efectivo como gritar “¡fuego!”.

Más allá del árbitro, y antes de tropezarse con él, el equipo se estrelló contra su propia inoperancia de cara a la portería. Benzema falló la que suele, Lucas Vázquez disparó contra el palo y Vinicius nos demostró que si tuviera gol ya se habría graduado como estrella mundial. Y las que no erraron ellos las paró Rulli, que no pudo elegir mejor día para su resurrección personal.

Como otras veces, el asedio no aumentó con el paso de los minutos, sino que se fue desvaneciendo, en un tránsito que alimentó las esperanzas de la Real Sociedad, un equipo mediocre por momentos. Sé que no es frecuente criticar a quien venció en el Bernabéu, pero la Real vivió durante la primera parte de cruzar los dedos. Quedó claro por qué había perdido sus cuatro últimos partidos de 2018. El porqué de su clasificación a pesar de sus estimables futbolistas (Oyarzabal, Ilarramendi, Mikel Merino, Janujaz…). El equipo no cree en sí mismo, o no lo suficiente, ni siquiera espoleado por un gol al minuto de juego. Casemiro, que siempre ha sido un ejecutor discreto, se maneja últimamente con un atropello preocupante y de ese impulso desbocado vino el penalti.

A la Real la salvó la campana del descanso y luego, de vuelta del vestuario, se salvó a sí misma. En la segunda mitad no se conformó, quizá porque olió la sangre o el miedo del Madrid, o porque entendió que era su noche. Tal vez por todo al mismo tiempo. La expulsión de Lucas Vázquez por doble amarilla fue una señal verde de pasen y marquen.

Mientras todo eso ocurría, Vinicius jugaba su partido más completo con el Real Madrid, el menos bullanguero, el más intenso y responsable. Además de puntería, también le faltó suerte, todo se contagia y especialmente el mal fario.

La Real sentenció a la enésima oportunidad. Willian José, delantero de pies inciertos, templó el balón en dirección a la cabeza de Rubén Pardo, que cabeceó a placer. No hubo pañuelos porque nadie los usa. Y porque nadie se rebela en estos tiempos. Y porque el juego no había sido tan malo. Todas razones tristísimas. La resignación es todavía más nociva que la desesperación.

Y, entretanto, Mourinho acaricia al gato.

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