Para una generación y las anteriores, disparar desde fuera del área era una rareza exclusiva de los alemanes y otros pueblos bárbaros. El futbolista español no probaba suerte desde lejos salvo contadísimas excepciones. Nuestra afición por aproximarnos a la portería contraria tejiendo calceta es muy anterior a la irrupción del tiqui-taca. Luis Aragonés lo llamaba “condición física de base”, que es una elegante manera de aludir a nuestra genética endeblez. Lo expuesto explica que el gol de Casemiro nos pareciera a algunos profundamente germánico. Fue un derechazo fabuloso, ejecutado desde 20 metros e impactado con el cuerpo entero, incluyo las pestañas. Como suele suceder en estos chuts tan violentos, la pelota se quedó un instante prendida de la red y en ese instante no supimos si el balón había desaparecido o éramos nosotros los que habíamos pestañeado demasiado largo.

Fue un gran gol y tan deseado como esos hijos que nacen después de muchas ocasiones falladas, y la insinuación es válida porque hay algo reproductor en la concepción de los goles y que se ve afectado, tanto en el fútbol como en la fertilidad, por factores externos como el estrés o la ansiedad. Y aquí dejo la metáfora para no adentrarme en terrenos pantanosos.

El caso es que el Real Madrid merecía el gol mucho antes de que lo marcara Casemiro. Después de una primera parte que nos había deparado un combate nulo, con idénticas aportaciones de cada equipo, en la segunda mitad los jugadores de blanco no se vieron atacados por la desconfianza de otras veces, ni por el cansancio, ni por el rival. De vuelta del vestuario, retomaron el gobierno del partido y prosiguieron el acecho hasta hacerlo asfixiante. Solo un maleficio hubiera negado el gol. Y no es una maldición lo que sufre el Madrid. Más que hablar de “mal de ojo” habría referirse al “mal ojo” en la toma de muchas decisiones. Pero no es momento ahora para hurgar en esa herida.

Si una buena tarde sirve para redimirse, el Real Madrid está limpio de pecados. Todo funcionó y, sobre todo, la actitud. Por alguna razón, el equipo recuperó el optimismo. Modric tuvo mucha culpa: jugó como siempre y corrió como si tuviera veinte años. Que coma siempre lo que almorzó hoy.

El Sevilla, y viene siendo costumbre en el Bernabéu, no estuvo a la altura de su prestigio, ni siquiera de los resúmenes televisivos. El grupo no saca rendimiento al talento individual, aunque en este caso también podríamos señalar dos culpables exógenos: Sergio Ramos y Varane. Los centrales del Madrid estuvieron espléndidos.

Para completar la sensación de felicidad recuperada, Isco entró en el 76’ (no rompió nada) y Modric marcó en el tiempo añadido. En su exultante celebración está todo: la alegría, el alivio y la tensión liberada. Lo que no sabemos es si su forma de bracear tendrá el efecto de esos aleteos de mariposa capaces de provocar un terremoto en la otra parte del mundo.

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