Cuando las piernas no responden y las fuerzas fallan, aparecen las dudas. Rafa Nadal se tambaleó la temporada pasada entre el éxito y las retiradas como un equilibrista en la cuerda floja, apretando los dientes, sufriendo el dolor en silencio. El primer partido de un Grand Slam no es una cita fácil para los favoritos, hay demasiado que perder y poco que ganar. Si se sucumbe, volverán los dolores de cabeza. Si se gana, simplemente se habrá cumplido con las expectativas.

Para Rafa, la presión se multiplicaba ya que hacía cuatro meses que no pisaba las pistas con todas las de la ley. Sin embargo, el tenista balear ha jugado con convicción y ha desterrado cualquier fantasma que le acompañaba desde que tuviese que retirarse en el US Open. «No ha sido fácil regresar tras varios meses de inactividad, sobre todo ante un rival tan agresivo. Él ha jugado con mucha determinación y ha sido difícil agarrar ritmo. Estoy muy contento por mi debut. Fue triste no poder competir en Brisbane pero es especial regresar aquí, en una pista como la Rod Laver Arena», declaró el español en pista, tras su victoria.

 


 

Hay cosas que nunca cambian. Montado en un drive que no pierde la mordiente y con un revés que castiga a sus rivales como un látigo, Rafa no tuvo piedad de Duckworth, que tampoco propuso ni ritmo ni ambición. Nadal ha llegado a este Open de Australia con un servicio perfeccionado y puesto a prueba. Las sensaciones fueron positivas: se quedó con el 74% de puntos con primeros y un 59% con segundos; hizo 6 aces, tuvo una efectividad del 67% y cometió solo dos dobles faltas, por lo que Rafa tiene motivos para ser optimista. En la 2ª ronda se enfrentará al local Ebden, el 48 del mundo.

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