A menudo cuando intentamos recordar algún momento importante de nuestra vida, un viaje, un beso, un espectáculo, no recordamos el cómo o el cuándo, pero sí el dónde. Los lugares son importantes. Nos evocan emociones, imágenes, nostalgia, nos afectan.

Cama nos lleva hasta el lugar más íntimo de una mujer que, acompañada de su pretendiente, irrumpe con un debate que a todos nos resulta familiar estos días. Un debate sobre feminismo y revolución que lejos de ser aleccionador, te atrapa rápidamente por su tono simpático e incluso cómico. En estos tiempos dónde se grita mucho y se escucha poco, su diálogo equilibrado no es sólo un respiro, sino también está repleto de una belleza que se esconde en la seducción de una buena conversación.

La obra es un viaje a través de una historia de amor con luz y oscuridad. Una luz que alcanza su apogeo cuando nos sumergen en una danza de piel con piel que, gracias a la química de María Morales y Carlos Troya, nos hace encontrarnos con un grado de intimidad que te hace olvidar todo por unos instantes. A través de una hermosa coreografía, la pareja nos transmite su magnetismo sensual mientras se recitan versos acompasados con un doble y desdoble de sábanas. Como una explosión de emociones que se contrae y vuelve a implosionar.

A diferencia de esta ensoñación poética, la oscuridad se manifiesta mucho más lentamente, sutil al principio y abrumadora después. Retomando su debate inicial, problemas cotidianos como las labores del hogar ponen en tela de juicio la igualdad entre hombres y mujeres. Las implicaciones del feminismo en su relación se vuelven palpables y el desgaste de su amor imparable.

La autora Pilar G. Almansa no trata de convencernos del fracaso del amor, sino lanza la pregunta sobre si el amor es un fracaso cuando termina. Su excelente dirección nos ofrece un relato valiente y necesario, que con la más absoluta simpleza técnica logra conmover y concienciar a partes iguales con esta lacra social.

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