El sentimiento de felicidad es casi tan inexplicable como el de infelicidad. De pronto, y sin excesivas justificaciones, uno piensa que todo lo bueno es posible. Y canta y sonríe. Esa determinación positiva vive en el adosado de la sensación contraria. De pronto, y sin excesivas justificaciones, uno piensa que todo malo es probable. Y sufre y se lamenta. Tanto el Real Madrid como el Espanyol han vivido durante los últimos meses a ambos lados del tabique que separa la felicidad de la desgracia. La diferencia es que los madridistas han salido de la habitación negra y corretean ahora por campos llenos de flores: buen fútbol y mejor ánimo. Hasta Benzema marca goles. Diríamos, incluso, que Solari ha dejado de parecer un postizo, aunque la felicidad es experta en espejismos con manantial y palmeras.

El Espanyol, entretanto, palpa las paredes en tinieblas sin encontrar el interruptor. En las últimas diez jornadas ha perdido nueve partidos (una sola victoria, contra el Leganés), tan aturdido como solo puede estarlo un equipo que se imaginó en Europa y ahora tiene pesadillas con el descenso. Su defensa es un escudo de cartón y su portero, Diego López, es un árbol que cae antes de escuchar el primer hachazo. El infortunio no planta bombas en el suelo, son chicles que se pegan a la suela de los zapatos y que impiden escapar.

A los catorce minutos, el Real Madrid ya ganaba 0-2. Modric penetró en el área como si estuviera escoltado por la policía y Benzema aprovechó el rechace para marcar el primero. Gol de nueve, aunque no lo sea. El segundo lo hizo Sergio Ramos de cabeza y también lo hubiera podido firmar un ariete puro. El Madrid había marcado en un suspiro los goles que le han faltado esta temporada, los que marca el especialista y allanan el camino.

El juego era excelente y el marcador óptimo. Ya hemos dicho que cuando el talento se acompaña de esfuerzo los rivales solamente esforzados quedan en evidencia. Un equipo como el Real Madrid puede matar de múltiples maneras, pero si es capaz de presionar sobre la salida del adversario las activa todas.

El Espanyol acortó distancias en un arrebato de orgullo, concretamente de Leo Baptistao. Y hasta pareció equilibrar el partido. Pero fue un efecto óptico. Benzema marcó el tercero al borde del descanso con un chut raso que hizo crujir la veterana osamenta de Diego López.

A esas alturas, Benzema ya lo acaparaba todo. Jugaba de inventor y de ejecutor, de arquitecto y de operario. Nadie se sentía tan feliz como él y no pregunten los motivos (el rojo, las musas) porque los genios son por definición imprevisibles (Messi al margen). El caso es que esa lentitud que a veces exaspera se transformó en un movimiento artístico continuo que enlazaba cada jugada con la anterior. Es difícil explicarlo. Otras veces ha dejado perlas, pero en esta ocasión hizo un collar de dos vueltas.

Por cierto, Bale marcó en el primer balón que tocó a su regreso y Varane fue expulsado por abortar un ataque enemigo. Y también el VAR reclamó su cuota de protagonismo para validar un gol de Rosales. Pero son anécdotas en el cuadro general. Sería absurdo hablar de algo tan banal como la leche derramada.

La felicidad, en grado extremo, puede provocar una sensación parecida al vuelo. De pronto, y sin recordar el motivo, el tipo feliz cree volar y hasta se conocen casos de quien ha sobrevolado un atasco, vital o municipal, un muro de dos metros o una Champions League.

 

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