Resulta extraño que el humor incómodo que propone la serie Vergüenza no haya levantado suspicacias en el momento tan delicado y superficial en el que vivimos, en el que se cuestionan los límites del humor, si es que alguna vez hasta ahora los ha habido. Todo nos lastima y por cualquier causa nos sentimos ofendidos. Muy poco o nada nos hubiera importado hace unos años que el señor Dani Mateo, haciendo su trabajo y siguiendo las exigencias de un guion, se sonase la nariz con no sé qué bandera. Pero ya lo dijo José Ortega y Gasset: “Mire, es que yo soy yo y mi circunstancia”. No todo lo que le sucede al humor, y, en consecuencia, a los cómicos, depende de él. Este es el contexto sociopolítico y cultural en el que nos encontramos. El sentido del humor parece en estos tiempos un debate prioritario con vocación de resolverse en los juzgados. Triste, pero cierto y, por otra parte, vergonzoso, como la serie con sello Movistar y Apache.

Con el lanzamiento de la primera temporada, el año pasado, nadie sabía de qué iba a tratar Vergüenza: una pareja abocada a hacer siempre el ridículo delante de familiares, amigos o conocidos. Ahora, para esta segunda parte ya no cabía esperar ese efecto sorpresa que se le presupone a la primera entrega. De ahí a que la dificultad de entretener y de hacer reflexionar, otra de las grandes metas de la comedia fecundada desde la seriedad, sea mayor. Esta vez, Jesús y Nuria son padres y por partida doble: de un niño adoptado de raza negra llamado Yousuf y de un bebé biológico. Las nuevas tramas y los nuevos enfrentamientos, piques y envidias, aparte de los ya establecidos en la temporada inicial, surgen con otros padres, algunos de ellos supuestamente modélicos o ejemplares.

Vergüenza recoge una pizca de cada uno para mostrar las miserias del ser humano exponiéndolas al cuadrado. No tiene prejuicios ni temores. Su éxito converge en hacerlo pasar mal y hacer reír al mismo tiempo. El espectador vive en un bochorno constante y no es de extrañar que, por momentos, se vea obligado a apartar la mirada de la pantalla o a querer retorcerse en el sofá o allá donde quiera que esté advirtiendo al personaje: “¡No lo hagas, por favor!”. En Juan Cavestany y Álvaro Fernández Armero, los valientes creadores de esta arriesgada apuesta, reside gran parte de la culpa. También en Javier Gutiérrez y Malena Alterio, la pareja protagonista, que asumen con sus interpretaciones la naturalidad de todas las situaciones, por muy controvertidas que sean realmente. Dar forma y verosimilitud a un guion como este es complicado. Les sobra química, aunque en la ficción, en pleno proceso de maternidad y paternidad primeriza, no la tengan en la cama. Actores como ellos consiguen que la serie adquiera incluso otra dimensión y, sin duda, un recorrido mayor.

Movistar, al contrario que los protagonistas de Vergüenza, no se mete en ningún charco. Con las series de producción propia, ha sabido adaptarse inteligentemente a los tiempos y al espectador y resuelve muchos problemas. Con esta oferta, al estilo Netflix, uno puede consumir cuando y donde quiera, sin tener que estar supeditado a ningún calendario preestablecido por un canal de televisión, a la tiranía de esperar a la semana siguiente. Desde el 30 de noviembre, además de los diez capítulos de la primera temporada, ya están disponibles los seis correspondientes a la segunda. Y este no es el único lado positivo: gracias a esto, hay más creación y más consumo de ficción. Por supuesto, tampoco pasa desapercibida la duración de 25 minutos de los episodios; las sitcoms españolas aún empiezan a seguir ahora el camino señalado por sus homónimas norteamericanas hace años. Dejemos atrás de una vez los capítulos de más de una hora.

La siguiente parada de Vergüenza es emitir un especial el próximo 24 o 25 de diciembre. ¿Qué puede salir mal en una comida o cena de Navidad con Jesús y Nuria de por medio? No hay más preguntas, señoría.

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