Mientras ponemos el árbol de Navidad mi hijo me pregunta por qué el River-Boca se juega en Madrid. Tengo tentaciones de negarle la mayor y decirle que el fútbol no tiene fronteras y que Colón partió de España y demás gaitas. Pero me contengo. Y le explico que hubo piedras y gas pimienta y jugadores en el hospital. “Pero, ¿por qué?”, me replica él, “si es solo un partido de fútbol”.

-Bueno, hijo, es la Copa Libertadores y la gente se pone muy nerviosa con las finales, ya sabes…

Pero no, no sabe. Me mira con sorpresa como intentando disculparme.

En ese momento tengo que explicarle que hay adultos que no se contienen, algunos en ocasiones, otros la mayoría de las veces y otros tantos, nunca. “Pero si ya son mayores”.

-Ya, pero les pasa…

Y no puedo asegurarle que es cosa de un día ni de un momento puntual, de una pérdida de papeles, nervios o saber estar. Porque entonces, no habría habido problema en celebrar el partido otro día. Y las autoridades saben que no es posible. Es mejor poner un océano de por medio.

Renuncio a pedirle comprensión o compasión por aquello que sea que transita en la mente de un mayor para comportarse así. Pero sé que él sigue pensando en que no nos merecemos el título de maduros, responsables, ponderados, juiciosos, sensatos, reflexivos, prudentes…

Pero todavía no ha llegado lo peor, porque el partido aún no se ha jugado y la Policía alerta de que esperan la llegada de las barras bravas, nuestros ultras con acento argentino, por eso se anclan los asientos en la grada y se toman medidas de seguridad extraordinarias. Así que mejor no pasear por el centro o por los alrededores del estadio por si acaso… Y mejor que mi hijo no nos pida ningún plan por allí para no tener que excusarme de nuevo.

Se me enreda el espumillón y el espíritu navideño me abandona mientras pienso en ello. Y decido, en ese momento, que mi carta a los Reyes Magos solo tendrá un encargo. Este año voy a pedir: “Ejemplo”, toneladas de ejemplo para que no me falte nunca, para que mis hijos no tengan que avergonzarse de mí y para que los hijos de otros tampoco lo hagan.

Ejemplo a todo trapo, sin medida, y un poco de carbón, que, como adulta, sin duda, me tengo merecido por formar parte de esta jungla tan falta de sentido.

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