La doble parada de Courtois con el tiempo cumplido provocó el único sobresalto del partido. De haber marcado el Rayo, y estuvo muy cerca de hacerlo, la noche sería a estas horas calurosa por la erupción de ese volcán latente que se llama Bernabéu. Al susto se reaccionó con pitos y el abucheo se repitió cuando Solari decidió un cambio para perder tiempo: el chico Valverde por Modric. Sospecho que el entrenador no termina de ser popular, apreciado, aunque cada vez se muestra más jovial en las conferencias de prensa y ya no hace alusiones genitales. Es como si no se hubiera librado de la sensación de interinidad, a pesar de la confirmación contractual. Es como si fuera percibido como un delegado de clase, alguien cuya autoridad se dará por finalizada en cuanto aparezca el profesor por la puerta.

El Real Madrid arruinó en los últimos minutos lo que parecía una tarde-noche apacible, en la que disfrutó de un dominio apabullante, brillante a ráfagas, pocas. El Rayo, por su parte, salvó en ese último tramo un partido vulgar, sin apenas ocasiones de gol y sin excesiva ambición. Se esperaba más de un equipo con la soga al cuello, quizá una mayor predisposición a la locura, a dejarse la vida, o lo poco que le queda de ella.

La verdad es que este tipo de partidos le hacen a uno sentirse viejo, porque mientras te aburres comienzas a pensar que antes no te aburrías tanto, que eras capaz de encontrarle el encanto a cualquier juego con una pelota de por medio, y te obligas a mirar y concentrarte, aunque cualquier minucia te aparta del objetivo. Es posible que según cumples años, a la progresiva desconexión general de dispositivos (no entraremos en detalles) le acompañe la activación de un piloto rojo que te advierte de que no pierdas el tiempo.

Pero me estoy desviando de la cuestión y ya es momento de citar a Benzema. El francés, con problemas físicos, abandonó el campo entre aplausos para premiar su gol y su actitud general. No sólo fue él quien marcó el tanto de la victoria (12’), sino que suyos fueron los planos. Abrió el juego de banda a banda, continuó la acción y remató después de haber recorrido en diagonal el campo del Rayo. No fue un movimiento fulgurante porque Benzema está lejos de ser fulgurante. Se movió con esa zancada larga que no es un sprint ni lo pretende, convencido como otros genios de su clase de que no hay que llegar rápido, sino a tiempo. Si lo piensan un momento, comprobarán que la verdadera riqueza no la otorga el dinero (aunque ayuda); es la falta de prisa la que distingue a la gente verdaderamente rica, y aludo en este caso a la polisemia del término.

Y ya me estoy desviando otra vez. Lo peor de los partidos que aburren es que obligan a pensar, ejercicio en desuso y agotador. Después del gol de Benzema no pasó nada más, o no lo recuerdo. Solo me viene a la memoria el esfuerzo de Asensio por redimirse, o por rebelarse en sentido positivo. Lo logró a medias. Se movió con la energía y el interés que debería tener siempre, pero en el último remate pareció más atraído por matar al portero que por inflar las redes.

Isco, su compañero de celda, no asomó del banquillo, aunque fueron varios los futbolistas que calentaron en la banda. Quién sabe. Tal vez fue Solari quien no quiso exponerlo a las iras del estadio después de su último exabrupto. Suena algo forzado, lo sé, pero soy partidario de pensar bien, al menos, en los primeros cinco minutos. Luego aconsejo ponerse el casco.

El Rayo solo apretó al borde de la conclusión y diría que al Madrid le pilló por sorpresa. No es la primera vez que un equipo se ve atrapado por la somnolencia que genera su propio juego. Ni la primera que uno abúlico recupera repentinamente el interés. Courtois evitó el incendio. A él le debe el madridismo la paz del fin de semana. Gracias a sus reflejos, Solari seguirá al frente de la clase hasta que se abra la puerta.

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