En el caso de los entrenadores, ¿cuándo y en qué momento se ve que ya no están para dirigir a un equipo o entrenar?”. La pregunta se la hizo el pasado domingo Iker Casillas en alusión a Mourinho y en respuesta a los recurrentes ataques del entrenador. Tres días después, Mou ha sido destituido del Manchester United, donde ganaba 250.000 euros netos a la semana. Hago mención del dinero, asunto vulgar, por si alguien siente la tentación de sentir pena. Por cierto, se especula con una indemnización de 25 millones de euros.

Mourinho no ha sido despedido por su arrogancia infinita o por su negación constante de la realidad, ni siquiera por haber gastado 500 millones de euros en fichajes. Tampoco le despiden los piperos ni los falsos madridistas. La razón de su cese son los resultados deportivos, famélicos. Incido en la cuestión porque no faltarán quienes quieran convertir en mártir al pobre entrenador sin trabajo. La paranoia es una enfermedad altamente contagiosa.

Y retomo la pregunta de Casillas. ¿Puede estar acabado profesionalmente quien solo tiene 55 años? No me atrevería a decir tanto, pero hay ejemplos que apoyan la suposición. Javier Clemente ha sido un entrenador muy similar a Mourinho en el éxito inicial y en la descomposición prematura, también en la arrogancia. Cuando salió de la Selección tenía 48 años. Su trabajo como técnico no volvió a tener relevancia. La sensación es que estaba demasiado enfurecido, demasiado pendiente de los enemigos reales e imaginados, exactamente igual que Mou, demasiado obsesionado en recordarnos quién fue.

Creo que a Mourinho le jubiló el Madrid; en ese instante se hizo viejo de golpe. Estaba preparado para la presión, pero no imaginó la oposición ideológica con la que se encontró. Lo habitual es que los clubes estén dispuestos a cualquier cosa por ganar, pero el Real Madrid no es un club al uso, o no lo era. Por eso se produjo la fractura. Porque una parte del madridismo aceptó el pacto con el diablo con tal de frenar al Barcelona, y porque la otra mitad se resistió a la traición filosófica, entre ellos estaba Casillas.

Es importante subrayar que Mourinho no fue un accidente, sino el arma que utilizó el club para combatir lo que le incomodaba. En primer lugar, el Barcelona. Pero también ciertos críticos perversos y madridistas sospechosos. Y como ese suspiro no cesa, Mou sobrevolará cada crisis del Real Madrid, porque los villanos ejercen una poderosa atracción incluso en aquellos que los sufren. Lástima que Zidane no tenga el mismo poder. 

No, no está acabado Mourinho. Será la carta de la desesperación y nunca faltarán clubes desesperados. Cuando la partida se complique siempre habrá quien busque una carta en la manga. Y querrá el joker.

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