Cuando se dice que el fútbol es sentimiento, eso es realmente lo que es. Y nada más, en su sentido más puro y primitivo. De lo contrario, no se podría explicar la pasión de muchos por la competición, la adrenalina, la apoteosis, la fiesta, la polémica, o la decepción. El fútbol es un carrusel de emociones. Y, por encima de todo, el fútbol es de sus aficionados, aunque algunos dirigentes se empeñen en contradecirlo. Da igual las zancadillas, es decir: los horarios de los viernes o los lunes, el desorbitado precio de las entradas, o los posibles partidos en Estados Unidos. Sin ellos no habría estadios, sin ellos no habría derechos televisivos que negociar y repartir. Como sucede en el periodismo, sin lectores no habría diarios; y sin hinchas, ni tan siquiera habría equipos. No tendría sentido. ¿Para quién jugarían?

Precisamente, son los propios aficionados quienes se encargan de vez en cuando de demostrar que el fútbol les pertenece a ellos y no a los presidentes de los clubes o a los mandatarios de las instituciones que rigen este deporte. Para mal, como cuando una madre en Argentina colocó bengalas a su hijo en la final de la Copa Libertadores. Y para bien, como cuando el martes un hincha invidente del Liverpool festejó el gol de su equipo sintiéndose uno más en Anfield. Lo comido por lo servido.

El partido de Champions que disputaron Liverpool y Nápoles dejó la imagen deportiva de la semana. La foto, en este caso, no estaba en el terreno de juego, el foco no estaba en el autor del tanto que clasificó al equipo local para los octavos de final. El protagonista estaba en la grada. Tony Cherchi, periodista venezolano de Univisión, se dio cuenta en el momento y compartió en su perfil de Twitter un vídeo de un seguidor inglés festejando el gol de Mohamed Salah. Mike Kearny no celebra los goles como el resto, pero eso no le impide formar parte de la gran familia del fútbol.


A diferencia de los más de cincuenta mil aficionados que había en el estadio, él no pudo ver el gol; sin embargo, con la ayuda de su primo Stephen, que entre tanto jolgorio le explicó la jugada, pudo representarlo en su cabeza. Seguro que de una forma más bella, porque el poder de la imaginación no tiene límites. La autoridad que tiene el fútbol, por su parte, es dar a conocer historias como esta que humanizan el deporte y enseñan, paradójicamente, a quien quiera mirar más allá. Porque la secuencia entre Mike y su primo resume la máxima de que en la vida unos ven para poder contar y otros escuchan para poder formarse su propia opinión. Esa comunicación se resquebraja cuando ambas partes no se respetan.

Resulta atronador el ruido que a veces puede provocar una sola persona frente al estruendo de miles. Por ese motivo, cuán necesarios son ejemplos como el de Mike Kearny y su primo, por supuesto, porque gracias él nunca caminará solo.

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