Hablábamos en nuestra previa de las Nitto ATP Finals que Alexander Zverev estaba llamando a las puertas, pero no terminaba de tirarla. Antes de las semifinales apuntábamos que, llegando a esta ronda, de alguna manera había roto su techo de cristal, el que hacía que nunca hubiese pisado hasta ahora el penúltimo escalón de un súper gran torneo. Este sábado en Londres ha roto esa barrera y ha penetrado a la siguiente. Y lo ha hecho a lo grande, venciendo al maestro de maestros, Roger Federer, en un encuentro donde hubo deméritos del suizo, pero también muchas virtudes del germánico.

La primera, una de sus más reconocibles, es su servicio. No necesitó Zverev tener un estratosférico porcentaje de primeros saques ni hacer muchos aces. Las pelotas que iba poniendo en juego el sucesor de Becker –último alemán en jugar la final de este torneo– eran lo suficientemente buenas para llevarse sus servicios sin mucha oposición. Juegos rápidos con su saque que fueron engrosando la lista de errores no forzados de Federer. Y sus enfados. Al suizo no terminaban de correrle ni las bolas ni sus piernas y el tenista de 21 años empezó a pensar que podía ser su oportunidad. Quizá saltó así a la pista, viendo que Federer había tenido lagunas en la Round Robin. Durante las semifinales continuarían.

A pesar de todo, Roger es Roger y hasta el último juego del primer set no pasó nada reseñable. Después de juegos ganados al saque con bastante comodidad –en especial Zverev–, el ex número 1 del mundo se desconectó y perdió su servicio en blanco. 7-5, 40 minutos y el primer estacazo en su piel.

No había rastro del tenista que enamora, que danza y se desliza sobre el terreno para hacer del tenis un arte plástico. El de Basilea parecía más un animal herido, enfurruñado, al que no le estaba funcionando la táctica de cortar reveses para hacer agacharse a la jirafa Zverev. El alemán descendía donde hiciese falta para levantar unas bolas que no le estaban haciendo daño. Porque Alexander este sábado también estuvo muy sólido desde el fondo de pista. No era cuestión de puntos cortos o largos, sino de actitud y mente. Federer sacó la rabia y en el juego en el que más atacó hizo su primer break del partido (1-2 en el segundo set), pero Zverev, bajo ese embrujo inmaterial de saber que hoy puede ser tu día llamado autoconfianza, hizo el contrabreak en el siguiente. El choque volvió a entrar en la tónica de la primera manga, solo que con el helvético más rabioso y más cansado. Robert, su padre, le daba ánimos desde la grada, como el público, que se había metido en el partido y quería un tercer set. Con 5-5 Mirka Vavrinec, su mujer, suspiraba de sufrimiento. Esta vez su marido echó el cerrojo en su servicio antes del tie break. La muerte súbita podía hacer resucitar al león o terminar de matarlo.

Y fue lo segundo. En la línea general de igualdad de todo el encuentro –aún dando Zverev mejores sensaciones que también se traducían en las estadísticas– se dibujaron estos puntos, pero es que ni siquiera la suerte estaba hoy con el rey de la selva. Con 4-3 a su favor y el punto muy encaminado, a un recogepelotas se le cayó una bola. El de Hamburgo paró el peloteo, como le permite el reglamento. Cuando elevó la pelota otra vez, clavó un ace. A continuación, Federer tiró a la red una volea de las que jamás falla. Un intercambio final, que dio muestra que Zverev fue superior en todos los aspectos, cerró el encuentro.

Federer tendrá que esperar para conseguir su torneo 100 ATP y quizá haya de ver cómo Djokovic le iguala a Torneo de Maestros (6 Roger, 5 Nole). Zverev, en su segunda participación en las Nitto ATP Finals, llega a su último partido, marcando tendencia entre los jóvenes –desde 2009 (Del Potro) no había un finalista tan joven–. Alexander ha llegado a donde se esperaba. Después de llamar a la puerta del cielo, le tocaría tomarlo por asalto.

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