Hay partidos que es mejor no verlos, porque así los imaginas a conveniencia. Pongamos, un viajero. Un alto ejecutivo. Incluso uno bajo. En la escala de su vuelo internacional se entera de que el Real Madrid ha ganado por 0-2 en Roma y reconstruye lo ocurrido con la experiencia de partidos anteriores, preferentemente en el Olímpico romano: algún problema inicial y luego paseo por la ciudad eterna. Y se queda feliz, contento, la crisis ha sido superada, todo es posible a partir de ahora, quién sabe lo que puede ocurrir en octavos.

A la misma conclusión llegará el aficionado que tenga noticia del resultado bien entrada la noche porque tuvo un compromiso (hay gente importante), o tal vez mañana porque se acostó pronto (hay gente fascinante), y en cada caso no hará demasiadas preguntas; que gane tu equipo es la satisfacción de un deseo primario, sobran los ejemplos.

Para todos ellos, el triunfo del Real Madrid habrá sido tranquilizador. De igual manera lo entenderán quienes consigan olvidar la primera parte, o restarle importancia; recién terminado un partido de fútbol no hay nada más antiguo que los primeros 45 primeros. Es muy posible que los futbolistas y el entrenador compartan esta perspectiva y concentren el análisis en la mitad que les perteneció por completo. Dimos la cara, supimos reponernos, merecimos algún gol más.

El problema es para los madridistas que tienen memoria y tendencia a la nostalgia, quedan pocos, por fortuna. Ellos habrán advertido que de la primera parte fueron rescatados por la suerte en íntima colaboración con la inoperancia de los delanteros romanos. Quedará para los resúmenes el asedio al que fue sometido el Real Madrid, o el gol fallado por el turco Cengiz Ünder, que cometió el error de ser feliz antes de tiempo; no hay mayor pecado (futbolístico) que imaginar la celebración de un gol que no se ha marcado. En ciertas ocasiones, pensar es una costumbre malísima.

Fazio tuvo todavía una influencia más perversa en su equipo, beatífica para el Madrid. Recién comenzada la segunda parte, el argentino dio un pase atrás con la cabeza que sirvió en bandeja el gol de Bale. En otros tiempos, los defensas centrales que cometían errores similares eran exiliados a Santa Elena, ahora son animados con palmetadas en los glúteos.

El Real Madrid recuperó la fe y la Roma la perdió para siempre. El segundo gol, anotado por Lucas Vázquez, fue una prueba de la rendición romana. Fazio no se repuso del golpe ni Manolas del apellido. El balón se fue con los de blanco y el juego se convirtió en monólogo sin otra utilidad que borrar la primera parte de las cabezas de los espectadores, cierren los ojos y dejen la mente en blanco, cuando se despierten no recordarán nada de lo ocurrido. Solo que van a tomar un avión y alguien les dijo que el resultado del Madrid, 0-2 en Roma, ya se pueden imaginar el resto.

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