Entre él y Jack Nicolson encuentro un parecido extraordinario. No sólo por el pelo aplastado. Incluso, le imagino a él, a Pepe Cano interpretando el papel de Melvin Udall en Mejor imposible protestando y contando historias, apropiándose del lenguaje: viviendo sin pedir permiso. Pero así son esta clase de chalados. Una escuela de vida que en su caso sostiene que «la mentira no me funciona. No hay nada más incómodo que no decir lo que uno piensa». Así que ya se pueden imaginar el aroma que desprende este hombre, jubilado con una buena pensión tras 43 años cotizados a la Seguridad Social. Un superviviente en toda regla tras superar un ictus, un cáncer y una prótesis de rodilla que le impide agacharse pero no decir lo que piensa o llamarme cura tantas veces, «pero es que tú escribes como los curas», replica. «En tus artículos todo el mundo es bueno y la vida no es eso. Por mal que nos pese, hay demasiada maldad. No toda la gente es buena».

La realidad es que uno aprecia de veras a este loco que hace un par de semanas fue abuelo por primera vez. Aquel día me llamó cuatro o cinco veces y fue incapaz de darme la noticia porque él, Pepe Cano, es así. El mismo hombre al que habría que robar el carnet de identidad para saber la edad que tiene. El mismo que lleva desde 1980 vulnerando lo imposible desde que creó la carrera de Canillejas. Una carrera que vio ganar a campeones olímpicos en un barrio tan humilde. Una carrera en la que se regalaban coches y que, sin embargo, hoy sobrevive por orgullo. El 18 de noviembre celebrará su 38ª edición. Seguramente, ese día a Pepe Cano le subirá la fiebre o se dará un golpe en la clavícula al salir de la ducha. El caso es que no estará ahí, porque el día de la carrera casi siempre le pasa algo. Los nervios se lo comen. La posibilidad de ver una valla mal colocada o de que algo no salga bien le aterra por dentro y por fuera: ya no tiene edad para manejar ese estrés. Su manera de defenderse es aislarse porque el resto de días del año muere por la carrera, capaz de salir a la calle a buscar patrocinadores o de madrugar los domingos para repartir folletos de publicidad. Una demostración pura de amor, innegociable después de tantos años. Pero esa es la misma carrera que todavía le permite decir, nostálgico de un tiempo que ya no existe, que «correr en Canillejas es como jugar en el Bernabéu».

En realidad, la carrera de Canillejas lo fue todo en los años ochenta y noventa. Hoy, daría para un episodio de Cuéntame. Fue hasta portada del diario Marca y catapultó a José Cano de despachar aspirinas como auxiliar de farmacia a puestos públicos de responsabilidad. En su álbum de recuerdos hay fotografías con líderes políticos y deportivos. El espejo de un hombre hecho a sí mismo, licenciado en la calle en vez de la universidad. Tuvo que ser un ejecutivo distinto. Un tipo que iba por ahí diciendo que su oficina estaba en la palabra. «A su lado, no necesito papeles firmados», desafía todavía hoy, representado por un hombre mayor: el tiempo no perdona. Por eso, de alguna manera cuando le veo a él me veo a mí cuando sea mayor. Su caja fuerte está en la memoria incapaz de olvidar ese otro día en el que Abascal, medallista olímpico de 1.500 en Los Ángeles, y un periodista de El País le contaron que «cuando fueron a Kenia lo primero que les llamó la atención, al entrar en el interior de una cabaña, fue ver un trofeo de la carrera de Canillejas».

Sin embargo, hoy Canillejas ya sólo es una carrera de barrio, desplazada por las carreras multitudinarias que se organizan en el centro. La diferencia es que Canillejas continúa. Nadie puede presumir de su historia. De ahí el valor de este loco, que hoy es capaz de regatear todos los obstáculos posibles con tal de regresar al pasado, a todos esos nombres de Domingos Castro, Steve Jones o Mike McLeod y a todas esas historias. Pero esos son los peligros de envejecer. No todo podía ser como ayer. La lástima fue no vivirlo. A cambio, le queda a uno la imaginación. La única manera de concursar. La nostalgia, puesta en la boca de personas mayores, es como una agencia de viajes. De ahí el valor de escuchar a Pepe Cano. El gran Pepe Cano. El viejo Pepe Cano. El milenario Pepe Cano. El mismo hombre que también sabe abrir el corazón como la otra tarde de sábado cuando estábamos con los compañeros de La Bolsa del Corredor y contaba que «cuando llega el momento de marcharse de esta cosa tan maravillosa que es la vida nadie quiere irse». Y lo decía él, que ha superado amenazas tan serias como un ictus o un cáncer que casi se lo llevan y lo separan para siempre de los paseos por la calle Alcalá, de la carrera de Canillejas o de las partidas de mus en el Rast. Quizás por eso a su lado me acuerdo tanto de aquella frase que Melvin (Jack Nicolson) le decía a Carol (Helen Hunt) en Mejor imposible: «Tú haces que quiera ser mejor persona».

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