Jugar un partido de fútbol tres horas después de haber sido eliminado en un torneo es algo poco inspirador, y aunque incluyo a los jugadores, pienso en los aficionados que se han quedado sin plan para junio, en todos nosotros. El encuentro entre España y Bosnia sólo se podía observar con un suspiro. Qué digo observar. Mirarlo de reojo ya era una proeza, una demostración de compromiso, o seguramente de aburrimiento, no hay nada más mustio que un domingo de noviembre. Lo mejor de la Liga de las Naciones (difunta, para nosotros) es que reduce al mínimo el número de partidos amistosos del calendario. Como el de Bosnia y como tantos otros que hacen imaginar cosas que no son verdad.

Tal vez al seleccionador estos duelos le sirvan para algo, y me cuesta creerlo, pero para el espectador su inutilidad es manifiesta. La Selección necesita dar lo mejor de sí para que no ser devorada por todos aquellos que reniegan a las primeras de cambio. No hay nada tan español como echar la culpa a España, no importa el formato.

Dan pocas ganas de sacar conclusiones porque no son estos los exámenes que debemos aprobar. Donde fallamos es en las situaciones límite, en los cruces de los grandes torneos o en partidos como el de Zagreb, cuando el fútbol no es suficiente y hay que recurrir al carácter, a esa fuerza de ánimo que inclina tantas veces la balanza como el talento.

Ante Bosnia, vimos reunidos a todos esos jóvenes que serán protagonistas en la Eurocopa y el Mundial próximos. Baste un detalle: Isco, de 26 años, lució el brazalete de capitán. A su alrededor Rodri (22), Ceballos (22), Asensio (22), Suso (24)… ¿Cambió algo? Apenas nada… Tal vez el equipo ganó en agilidad, aunque tampoco excesiva. Se dibujó alguna triangulación de mérito, pero de esas ya vimos unas cuantas en Rusia. Se echó de menos, como entonces, profundidad, instinto asesino, ganas de comerse el mundo, de salir a hombros. Es como si nos faltara barrio y nos sobraran campos de hierba artificial, uno de los inventos más perversos del hombre blanco junto a los tomatitos cherry.

El pésimo momento de Morata tampoco invita al optimismo. No es que falle por poco, es que lo hace por mucho. Sin embargo, no es él el responsable del juego funcionarial, eso está instalado en la cabeza de los jugadores. Desde que España ganó el Mundial, no se ha definido la personalidad de los siguientes equipos, vinculados emocionalmente al tiqui-taca, pero sin ingenio ni paciencia como para convertir el control en un arma con la que ganar batallas.

Si molestó menos el partido insulso es porque enfrente estaba Bosnia, un país de 3’5 millones de habitantes al que miramos con aprecio por diferentes razones, la más tangible (y muy tangible, por oronda) es Robert Prosinecki, su seleccionador. Hubo un tiempo en que fue la gran promesa del fútbol europeo, el jugador por el que se pelearon los más grandes clubes del Continente. Tenía 22 años cuando fue contratado por el Real Madrid y ya había ganado una Copa de Europa con el Estrella Roja (1991). No cumplió ni una sola de las promesas que le adjudicamos, muy a su pesar. Tal vez sea una metáfora de la que debamos aprender algo.

Un pase en profundidad de Fornals a Gayá dio inicio al gol de España (78′). Lo siguiente fue un regate de Isco que despejó el cielo de nubes. Su disparo fue rechazado (mal) por el portero y Brais aprovechó el regalo. Está bien que marque un debutante porque aquí de lo que se trata es de hilar buenas historias con la esperanza de que alguna termine bien. 

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