Un gol en contra al minuto de juego. Concretamente a los 64 segundos. Por un error propio. La noche que decidiste rotar. Después de empatar en el derbi. No se me ocurre peor inicio. Ni más extraño. Kroos, el jugador que colecciona pases sin fallo, cometió una imprudencia temeraria. Atrasó el balón sin activar la visión panorámica. Hay entrenadores que se infartan con jugadas así. Los hay que asesinan a los culpables, aunque sea con la mirada.

El Real Madrid tuvo el mérito de salir de la habitación oscura y regresar al campo. Se rehizo, utilizó la pelota como balón de oxígeno y aceptó el golpe como un accidente, cosas que pasan, nadie es perfecto, ni siquiera Kroos. Casemiro y Benzema se tropezaron con los palos y el gol pareció una apuesta segura. Afinkeev reforzaba esa sensación. Es un portero peculiar. Hay noches que se comporta como un impostor, como un tipo disfrazado de portero que no ha ejercido jamás. Luego, de pronto, evita un gol cantado. Y con la misma facilidad puede provocar expulsión absurda.

El gol no llegaba, no obstante. Habrá quien responsabilice a Lopetegui por su alineación. Es fácil adivinar el pasado. Lo más sencillo es culpar a Keylor, Reguilón y Lucas, jugadores sin el ritmo de los titulares. Hay argumentos infalibles y frases que no admiten discusión: los jóvenes no derriban la puerta, suplentes por algo, los experimentos con gaseosa (Casera preferiblemente). También es cierto que Sergio Ramos estaba en Madrid y Modric en el banquillo, pero el Real Madrid está en la obligación de explorar otras vías. De hecho, el equipo jugó bien por momentos, aunque nunca llegara a resultar imponente. Nos tenemos que acostumbrar a eso. Antes, el gol era calderilla, la propina del café. Ahora es el pañuelo al final de una cucaña. El viaje hasta el área es confortable, pero luego hay que reptar por un tronco untado de grasa.

No pasaron los minutos. Se acumularon en los hombros de los futbolistas de blanco, que cada vez tuvieron más prisa y la ansiedad acelera los relojes. Ni la entrada de Modric y Mariano (por Casemiro y Lucas) mejoró las cosas. A la defensa rusa, la misma que sufrimos durante el Mundial, se sumaban los postes. Mariano cabeceó contra el palo a falta de un minuto. Varane dispuso de una oportunidad todavía mejor, pero remató fuera. No era la noche, quedaba claro. Pero la suerte tampoco lo justifica todo. El Real Madrid acumula tres partidos sin goles, algo que no sucedía desde hace casi doce años. Y el CSKA no tiene nada que ver con eso. Ni las rotaciones. Ni siquiera Lopetegui. No falta ambición, ni acierto, ni motivación. Falta el cañón.

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