Pasados 37 años volvieron a verse mujeres en un campo de fútbol de Irán. Fueron alrededor de cien, la gran mayoría esposas y familiares de los futbolistas de la selección iraní que se enfrentó el martes a Bolivia en el estadio Azadi de Teherán. Un hecho histórico que no termina de ser esperanzador.

Desde el triunfo de la Revolución Islámica en 1979, la legislación iraní marca una estricta separación entre sexos en prácticamente todos los espacios públicos de la vida cotidiana, campos de fútbol incluidos. A pesar de que Irán está dando sus primeros pasos hacia la apertura, resulta muy difícil de imaginar un futuro a corto plazo en igualdad de condiciones para hombres y mujeres mientras individuos como Mohammad Jafar Montazéri, fiscal general del régimen, se mantengan en la élite del país. Preguntado por la presencia de los dos sexos en el estadio Azadi, Montazéri no ocultó su enfado y mandó un aviso muy claro: “Estoy en desacuerdo con la presencia de estas mujeres. Somos un estado islámico, somos musulmanes. Que una mujer acuda al estadio y se encuentre ante hombres medio desnudos con las ropas de deporte lleva al pecado. Actuaremos ante cualquier oficial que quiera permitir la entrada de mujeres en los estadios. Si esto se repite, ordenaré al mismo fiscal de Teherán que actúe”, declaró a la agencia Mehr.

El pasado 2 de marzo, los guardias de seguridad del estadio Azadi expulsaron a un grupo de 35 mujeres que habían acudido a ver un encuentro entre el Esteghlal y el Persépolis disfrazadas con barbas postizas y demás atuendos masculinos, una original alternativa que se hizo viral en redes sociales y que es cada vez más frecuente. En el palco de autoridades, asistiendo al espectáculo, se encontraba Gianni Infantino, presidente de la FIFA. Salman Samanid, portavoz del Ministerio del Interior del país, informó que las detenidas fueron liberadas después y conducidas a “un lugar adecuado”.

 

 

Las presiones internacionales sobre el régimen son cada vez más fuertes por parte de asociaciones como Open Stadiums o Human Rights Watch, que reconoce la libre asistencia a un campo de fútbol como un derecho básico. Darya Safani, activista iraní por los derechos de la mujer, ha tildado de “truco” lo sucedido el pasado martes en el estadio Azadi. “Mientras las mujeres no puedan comprar entradas, la prohibición del estadio no se levantará. Es lo mismo que hacen para el voleibol: bajo la presión de activistas, eligen a algunas mujeres que pueden ingresar. Pero es sólo un truco”. Safani, en los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro de 2016, estuvo a punto de ser expulsada de un partido de voleibol de la selección de su país por llevar una pancarta en la que se leía “Dejen a las mujeres de Irán entrar en los estadios” (el COI prohíbe manifestaciones políticas en sus eventos).

Hossein Mahini, jugador del Persépolis de Teherán e internacional absoluto por Irán, también se ha posicionado valientemente en contra de la voz oficial de su país: “Con la esperanza de que un día la mitad del estadio Azadi sea para ustedes”, escribió en su Twitter.

Aunque la presencia de las mujeres en los estadios iraníes ha ido aumentando con el paso de los años en deportes como el baloncesto o el voleibol, la realidad es que todavía queda mucho trabajo por hacer para normalizar una situación a todas luces injusta. “Es una imposición estatal que, prácticamente, está rechazada por toda la sociedad. Pronto va a desaparecer porque no tiene sentido ninguno”, reconocía en una entrevista a A La Contra, antes del enfrentamiento entre España e Irán del Mundial de Rusia, Ahmad Taheri, promotor y director del Centro Persépolis de Madrid.

Precisamente para ese partido, y el posterior ante Portugal, el estadio Azadi se llenó de hombres y mujeres que disfrutaron en igualdad de su selección. Dada la excepcionalidad, el gobierno iraní instaló unas pantallas gigantes en el centro de campo y autorizó, bajo un fortísimo dispositivo de seguridad, la entrada de mujeres al campo. El encuentro fue retransmitido por la televisión pública del estado, la que tiene los derechos de emisión. Su modus operandi es bastante diferente al del resto de cadenas del mundo, pues retardan las imágenes del directo al menos diez segundos, el tiempo justo para editar los planos en los que aparecen mujeres en las gradas.

Pese a que el presidente Hasan Rohani ha hecho varios guiños para terminar con la actual segregación por sexos, al final son los sectores ultraconservadores los que tienen la última palabra en las cuestiones más relevantes del país. La Revolución Islámica de 1979 fue el comienzo del régimen ayatolá del líder supremo Ruhollah Jomeini, sustituido diez años después por Alí Jamenei, que aún lleva las riendas del país. Por detrás de su figura existe un consejo de expertos de 88 clérigos de religión chiita que es quien elige al líder supremo y supervisa las actividades de su día a día. Como es fácil imaginar, este consejo no es especialmente receptivo a las cuestiones de género. Por tanto, el papel de Rohani queda siempre limitado a las directrices que recibe de sus superiores.

Irán es un país que se rige por los valores de la sharía, un código de conducta inspirado en el Corán. Así, los valores religiosos terminan prevaleciendo sobre las consideraciones políticas, con el consiguiente perjuicio para los derechos sociales. Según Amnistía Internacional, en 2017 se produjeron centenares de ejecuciones en Irán tras juicios injustos.

En el Mundial de ajedrez femenino que se celebró en Teherán el año pasado, se obligó a todas las jugadoras a lucir un velo durante las partidas. Muchas de ellas renunciaron a asistir al evento y “ser cómplices del régimen iraní y de unas leyes de opresión de la mujer”, como reconoció la estadounidense Nazi Paikidze, una de las mejores ajedrecistas de la actualidad.

Irán ha dado los primeros pasos de un largo camino. La presencia de estas 100 mujeres en el estadio Azadi ha abierto algunas mentes, pero ha hecho que otras se cierren más todavía, como la del fiscal general. No deja de resultar paradójico que Azadi signifique «libertad» en persa.

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