Venció el Madrid en Melilla y habrá quien aproveche el triunfo para encajar las piezas desparramadas. Ya sabemos que el éxito, aunque sea mínimo, lo explica todo, o casi. Habrá quien utilice lo ocurrido para justificar la destitución de Lopetegui o para reclamar la titularidad de Vinicius. Y hasta se planteará, no tengan duda, la oportunidad de confirmar a Solari en el banquillo, visto su deslumbrante debut. El voluntarismo consiste precisamente en eso: en dar preeminencia a la voluntad sobre el entendimiento.

Que el Real Madrid jugó un buen partido en Melilla es cosa indudable. Que los jugadores corrieron mucho es otro hecho que no se puede negar. Que huían de Antonio Conte es más difícil demostrarlo. Antes de un pensamiento tan refinado, diría que salieron motivados por el afán de revancha y el sentimiento de culpa. Por un lado, querían responder a la prensa malvada; por otro, homenajear al técnico difunto, el responsable de la “desproporción” entre la plantilla y los resultados.

El estreno de Solari obligaba a inspeccionar con lupa la alineación. Tal y como se esperaba, jugaron Vinicius y diez más, entre ellos dos nominados al Balón de Oro (Ramos y Benzema). El entrenador es sensible a la obsesión que tiene el club por reivindicar al brasileño como una estrella mundial. No está claro si lo que se pretende es tener razón o dar sentido a la lujosa presentación que se dedicó al muchacho. Vinicius, a partir de ahora, será utilizado como arma arrojadiza contra Lopetegui y como una pieza clave en la coartada de la destitución.

Dicho lo anterior, Vinicius colaboró generosamente al fútbol ágil y directo del Real Madrid. Incluso disparó al larguero y se quedó a cinco centímetros de ser portada interplanetaria. Que el chico promete no hay quien lo ponga en duda. Otra cuestión es saber quién será de mayor: Denilson, Robinho o Pelé.

Después de quince minutos de rugido local, el Real Madrid se apoderó del juego sin hacer el mínimo caso a su entrenador. El equipo no recurrió a los cojones, sino al balón. Movió la pelota con criterio y encontró un filón por la banda derecha. El Melilla nunca tuvo plan contra Odriozola, o si lo tenía se encontraba en la última página del manual de supervivencia. En combinación con Lucas Vázquez, Odriozola penetró cuanto quiso hasta la misma línea de fondo; si hubiera sido un peón se habría convertido varias veces en reina.

El Melilla se desfondó pronto. Salió al ampo como un grande (presión alta, ambición, ocasiones), pero no se puede jugar mucho tiempo de puntillas. Sin aire, se encontró a merced del Madrid y sostenido únicamente por su portero, Dani Barrio, un guardameta estimable (31 años), perfecta demostración de que en la Segunda B no caen los que tienen menos talento, sino los que tienen menos suerte.

Benzema marcó el primero después de una asistencia-gol de Odriozola. Asensio hizo el segundo poco antes del descanso. El tercero lo consiguió Odriozola aunque lo perseguía Vinicius y el cuarto lo hizo Cristo González en el último segundo. En ningún lugar hemos reseñado que el Melilla juega en Segunda B, pero tal vez sea un detalle menor. Lo importante es observar cómo puede cambiar el mundo en tres días y sus correspondientes noches. Solo hace falta cambiar de aires, de técnico y, sobre todo, de rival.

 

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