Hay pocos personajes como este tan alejados de la mediocridad. Un tipo que se mide en función de los sentimientos y no de los resultados. Un tipo que el 20 de noviembre de 2010 dirigió su último partido en nuestra Liga y que desde entonces no ha vuelto a existir en España equipo para él. Un hombre que hoy tiene 52 años y que fue un entrenador prematuro. A los 29 ya dirigía al Salamanca en Primera División. Pero si hoy no fuese por las posibilidades que el fútbol ofrece a los emigrantes habría que buscar su fotografía en el banquillo debajo de las piedras. Aún no tenía arrugas, pero entonces Juanma Lillo (Tolosa, 1965) ya era un acérrimo defensor del realismo. «En el fútbol no hay nada de lo que excusarse. Unas veces se gana y otras se pierde». No había manera de que acusase al destino de sus penas. «Desde que se inventaron las excusas se acabaron los errores».

Hoy, Lillo trabaja en Japón, donde tiene unos meses de contrato en el Vissel Kobe de Iniesta. Ayer, fue en Colombia, en México o de ayudante de Sampaoli en un equipo como el Sevilla que en los noventa le hubiese elegido a él como primer entrenador. Pero hoy da la impresión de que en España no ficharía a Lillo ni el Orcasitas. El tiempo que ha pasado desde 2010 justifica esta idea que, en realidad, no se sabe ni cómo explicar. Quizá sea culpa de los prejuicios que no siempre mejoran nuestros conocimientos. Pero hoy escribir de Lillo es como escribir de un programa de televisión pasado de moda. Nadie se acuerda de que fue un valiente o de que seguramente hoy sea un entrenador más rico en ingredientes. Todavía es joven para pasar al baúl de los recuerdos o para colocar su fotografía en un despacho. A su edad hay entrenadores que casi están empezando. Pero a veces el tiempo es perverso y, por la razón que sea, se cansa de la gente y entonces uno entiende lo que te dicen cuando sales de la universidad. A partir de ahora, no es lo que vales, sino lo que vendes.

Frente a esa idea, el mercado se queda sin defensas como pasa en tantas profesiones. Así que Lillo no es un maldito, sino uno más que, al menos, tiene la fortuna de desahogarse en el extranjero. Ahora está en Japón, donde se hará amigo de los que quieran escuchar a un hombre como él, capaz de hacer malabarismos con las palabras. «Hoy se corre más en la cancha que antes, pero no se corre mejor», sostiene. «Y si se corre más probablemente es porque estás jugando peor». No habrá manera de encontrarle en redes sociales, «porque en un lugar donde no ves ni escuchas a tu interlocutor es asocial». Pero a la vista está que sus maletas carecen de pereza. A la vista está que su domicilio se encuentra en cualquier parte del mundo, donde Lillo siempre se atreverá a intentar cambiar el mundo con un balón en los pies. Gane o pierda, no le escucharán dramatizar. Entonces le defenderá el lenguaje, que es la mejor herencia que dejará a su gente. Y si pierde no creo que sea por la falta de conocimiento de un hombre que no hace tanto se compró la colección entera (desde 1962) de revistas de El Gráfico, que es la Biblia del fútbol en Argentina. Porque así es «el monstruito», como le definió Menotti la primera vez que le conoció o como yo mismo intuí una de las veces que me dirigí a él. Lillo vivía entonces a las afueras de Madrid, en un pueblo silencioso, rodeado de montañas. No te hablaba del paro de larga duración con rabia y te contaba que había aguantado catorce años con el mismo coche, un Honda Accord, algo casi inaudito en un hombre de fútbol que hoy, a los 52, debería vivir su momento. Sin embargo, por la razón que sea, ya no vende como cuando fue más joven. Y ante eso, como en tantos otros lugares de la sociedad, da igual lo que uno valga.

2 Comentarios

  1. Pero vamos a ver , Lillo siempre me gusto por su fútbol de ataque , pero por la razón que sea sus resultados son de lo más desastroso desde que se marcho de Salamanca. Ha fracasado en todos los equipos y todos los países , y a tenido y tiene oportunidades precisamente porque sabe venderse

  2. Tras su primer entrenamiento mañanero de pretemporada en Zaragoza comenzó a recibir críticas demoledoras a las tres de la tarde. Motivo: no pagar unas consumiciones a algunos «periodistas’ en un restaurante argentino muy visitado por parte de prensa y jugadores.

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