Jackson Martínez volvió a sonreír el pasado 23 de septiembre en el estadio municipal de Portimao, una pequeña ciudad del Algarve portugués de 56.000 habitantes. El jugador colombiano, de 32 años, pisó de nuevo un campo de fútbol tras dos años de calvario por una complicación en una lesión en su tobillo izquierdo. El regreso parecía ya un sueño lejano para el delantero, que meditaba la retirada después de 700 días inactivo. Hasta que se abrió una puerta para la esperanza y apareció el Portimonense, un modesto club que subió a Primera hace dos temporadas y que tiene suerte cuando se llenan las 10.000 localidades de su estadio municipal.

Se cumplían los 73 minutos de partido cuando el Chachachá —llamado así por la forma en la que celebraba los goles su padre—, volvió a sentirse futbolista. Atrás quedaban los días oscuros que ha pasado tras ser intervenido en dos ocasiones; la primera en noviembre del 2016 tras hacerse insostenible el dolor que sufría en el tobillo, y la segunda en julio del 2017, al serle detectado un espolón desarrollado en el periodo de recuperación. Durante todo este tiempo por la cabeza de Jackson pasaron muchas cosas, ninguna buena. Las superó apoyándose en su familia y en amigos como Danilson Córdoba y Juan Guillermo Cuadrado, que le quitaron la idea de la retirada. El Guangzhou Evergrande, debido al largo periodo de recuperación, decidió no inscribirle en ninguna competición y hasta eliminó su imagen de la página web del club, al que llegó en febrero del 2016 por 42 millones de euros.

Jackson Martínez se convirtió en una estrella por sus gloriosos días en el Oporto. Llegó al club procedente de los Jaguares de Chiapas por cinco millones de euros y desde el primer momento despuntó. El rendimiento de La Pantera no desentonó con el de su compatriota Radamel Falcao, anterior delantero del club: El Tigre marcó 72 goles en dos temporadas con los Dragones (87 partidos) y Jackson hizo 92 en tres campañas (136). Europa se fijó en Jackson y fue el Atlético quien se llevó el gato al agua en el mercado veraniego de 2015, cuando desembolsó 35 millones de euros por él.

Pero Jackson Martínez acusó el cambio de aires. Se le veía apagado y sin chispa. Tan solo un fugaz destello de calidad en un gol al Sevilla. Eso fue lo único que pudo saborear una afición que quiso ver en él al heredero de Radamel.

Aquella temporada marcó el devenir del delantero. A los cuatro meses de llegar al Manzanares, en un partido de Colombia frente a Chile, Jackson tuvo que abandonar el campo antes del término del encuentro por una lesión. Aquellas molestias en su tobillo izquierdo estuvieron provocadas por una fuerte entrada del Gato Silva. A pesar de que se anunció la recuperación, Jackson Martínez se pasó mes y medio sin poder jugar. A su regreso, su rendimiento bajó aún más y el Atlético de Madrid decidió desprenderse del jugador. Con el mercado de fichajes cerrado, el equipo del Cholo Simeone decidió aceptar la suculenta oferta del fútbol chino en febrero del 2016. Tan solo había marcado tres goles en 22 partidos.

Según el padre del jugador, la lesión que le apartó tanto tiempo del campo no tuvo nada que ver con la sufrida con la Selección: “Superó los exámenes médicos con el Guangzhou, no tengo dudas de que su lesión se generó en China. No podemos decir que fue con Colombia”, declaró para GolCaracol.com. Y puede que tuviera razón. Una vez en China, La Pantera arrancó la competición de la mejor manera posible, marcando en los tres primeros partidos. Pero al sexto encuentro el jugador se resintió del mismo tobillo . Tras otra entrada en la zona dañada jugó infiltrado hasta que tuvo que pasar por el quirófano. La frustración fue general y el club chino terminó por aceptar una cesión. El delantero había participado únicamente en 16 partidos, con cuatro famélicos goles.

Pero todo ha quedado atrás. Ahora Jackson tiene ante sí la oportunidad de volver a disfrutar del balón. Será en Portimao,  a 500 kilómetros de Oporto, allí donde empezó todo.

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