A los cinco minutos éramos la Selección en Sevilla, la postal costumbrista, el equipo volcado y el público al borde los olés. El gol no llegó por aquellas cosas de la vida, pero el partido estaba controlado o esa impresión daba. No diré que nos sentimos ganadores porque me quedaría corto. Nos vimos goleadores, clasificados, campeones del torneo y de los siguientes. Es curioso. Fue nuestro propio brillo lo que nos cegó.

Mientras desarrollábamos la idea (la ensoñación), Inglaterra se sacudió el polvo del traje y se ciñó a su plan: presión, robo y contragolpe. Todo lo hizo bien. Sus jugadores son jóvenes y todavía hacen caso a su entrenador. La intención de Southgate, más que evidente, era que España corriera hacia atrás, algo que la Selección hace penosamente, tal y como comprobamos en Rusia. Es un problema de coordinación, pero también de agilidad, de años, de óxido físico y mental, más doloroso ante gamos en estampida. Nadie quedó tan señalado como Sergio Ramos, quizá Nacho.

Cada contraataque era un drama. Los ingleses se aprovechaban de nuestra parsimonia en el repliegue y atacaban, casi siempre, en situación de ventaja numérica y/o posicional. Sterling sueña con partidos así todas las noches: choques abiertos contra rivales amables y mucho campo para correr. También ayuda enfrentarse a porteros que se rinden de antemano; De Gea prosigue con la Selección su cursillo de invisibilidad.

El primer gol de Sterling fue coser y cantar, un ejercicio básico de dibujo técnico. El de Rashford se trazó con el mismo cartabón. Harry Kane es un delantero con alma de arquitecto. Suya fue la asistencia para que Sterling hiciera el tercero. Habían transcurrido 37 minutos y España se sentía humillada, eliminada y fracasada para este torneo y los siguientes.

Tras el descanso, levantamos la cabeza y jugamos la carta del orgullo. Mejoramos la imagen, asunto que no era complicado, pero sirvió de poco. Alcácer marcó en su primer contacto con el balón y demostró el error de su suplencia inicial; a los tipos en racha hay que abrirles paso. Un penalti de Pickford a Rodrigo nos frustró la remontada, o el intento. Allí estaba la posibilidad del empate y allí se quedó. El árbitro polaco, señor Marciniak, nunca pareció sensible a los encantos de Sevilla. Tampoco la señora Fortuna. Asensio remató al palo en el descuento y Ramos acortó distancias en el último segundo. De nada valió, salvo para maquillar al difunto.

Las cuentas son sencillas. España está obligada a ganar en Croacia para clasificarse para la final a cuatro del próximo mes de junio sin depender del Inglaterra-Croacia. Es la primera derrota después de 27 partidos sin perder, racha hermosa aunque inoperante. Es una ducha fría, seguramente necesaria. El camino era demasiado fácil para ser verdad. Si la confianza se vendiera en cajetillas tendría un aviso de las autoridades sanitarias: «Confiarse es perjudicial para la salud».

 

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