No hay nada que pueda rebatir a un 5-1. El marcador es un epitafio que devora la historia anterior, aunque aquí quedará registrada. El Real Madrid llegó al descanso con dos goles clavados en la espalda y salió del vestuario como de dos años de psicoanálisis. En quince minutos se quitó los complejos y la abulia, se sacudió la tristeza y se creyó capaz de cualquier cosa. No sabemos lo que sucedió y a esta hora poco importa. Quizá fue Lopetegui quien habló; cuando la soga aprieta, la lengua se desata. O tal vez fue un jugador quien tomó la palabra, seguramente Sergio Ramos, imagino que con convincentes apelaciones al orgullo, somos el Madrid, señores, aderezado el discurso con todas las increpaciones que caben en el diccionario. Aunque también es posible que no fuera necesario decir nada. El equipo había completado una primera mitad penosa y los jugadores lo habían visto más cerca que nadie.

Desde que se reanudó el partido y hasta el minuto 74, el Real Madrid marcó un gol (Marcelo, 49′) y pudo conseguir otro par. En ese tiempo, la hazaña no era un milagro, sino una posibilidad cierta. El Barcelona se había achicado asombrosamente y los enemigos comenzaron a parecerle fantasmas de sábana blanca. La entrada de Lucas Vázquez por Varane (Nacho pasó del lateral derecho al centro de la defensa) tuvo un efecto inmediato y revitalizante. Alba dejó de subir porque Lucas empezó a hacerlo. El visitante creció y el empate se convirtió en cuestión de tiempo, eso pensamos: un disparo al palo de Modric nos recordó que el éxito y el fracaso viven puerta con puerta. Benzema también pudo empatar de cabeza, de nuevo a pase de Lucas, pero ese tren también pasó de largo.

Finalmente, un gol Luis Suárez devolvió el choque a su posición de partida, la foto que ahora observamos. El Barça regresó y el Madrid hubiera querido volver al vestuario para recuperar el oxígeno. Lo siguiente fue el vapuleo a un rival que ya no estaba. Luis Suárez marcó de nuevo, después lo hizo Vidal y la goleada borró para siempre los veinte minutos en los que el Real Madrid se aproximó al milagro.

 

La corrección táctica que hizo Lopetegui en el descanso, y que estuvo cerca de salvarle, es la prueba de cargo en su contra. Un error de planteamiento fue el origen del desastre, así se justificará en alguna línea de la carta de despido. El entrenador precipitó el final, el suyo, con una decisión extraña: nombrar a Bale vigilante de Jordi Alba. Su futbolista de más rango debía correr la banda en sentido contrario al natural, hacia atrás, en busca de una ardilla que no conoce el cansancio. Y sucedió lo previsible. A los cinco minutos, el guardaespaldas ya había renunciado. A los diez marcó el Barça el primero (Coutinho, 10′).

A la media hora, un penalti de Varane a Suárez decretado por el VAR añadió otra palada de tierra sobre la cabeza del Madrid. No había salida. Aunque en el vestuario alguien encontró una, esa es la historia de otro libro, uno de ficción.

Al final, sólo quedará lo fácil de contar. El Real Madrid está a siete puntos del Barcelona, noveno en la clasificación, desmadejado, a seis puntos el descenso, acuciado por la peor racha en años. El club dirá que lo siente y que agradece a Julen su implicación y su madridismo. El entrenador deseará suerte a los jugadores y no renunciará a volver en el futuro, todavía es joven. Algún día, quizá la semana que entra, entenderá que su buena estrella no se extravió en el Camp Nou, sino en Rusia, acababa de empezar el verano.

 

 

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