Hace poco menos de un mes, coincidiendo con el primer parón de selecciones, el Atlético de Madrid encaraba su día a día sumido en una profunda melancolía. Se había marchado perdiendo en Vigo, tras hacer un partido desastroso, y la vuelta a la vida no había supuesto una mejora sustancial. Un pobre empate en casa frente al Eibar, gracias a un gol en el último minuto marcado por un canterano del que la mitad del estadio desconocía el nombre.

Estábamos en la cuarta jornada de Liga. Doce puntos disputados. Nada, como aquel que dice. Dio igual. Se mascaba la tragedia. Los depredadores posmodernos salivaban con profusión. Los aficionados colchoneros más «informados», esos que viven apegados a la realidad televisada, sacaban su alfanje reparador y repetían las consignas dogmáticas de los que saben de esto. Ofensas, reproches y gritos. Ese era el estilo. Contra todo y contra todos. Ese era el reconstituyente diario con el que había que convivir.

Los mariscales de la Alianza Mediática, los que daban soporte teórico a todo lo anterior, hablaban ya de Liga dual. Su preferida. Esa cosa por y para dos, tan rentable y tan sugerente. La máquina blaugrana contra el equipo de Lopetegui, ese tipo, alto y serio, que por entonces parecía el inventor del fútbol.

Poco menos de un mes después, el Sevilla lidera la clasificación y el Atleti está a un punto. Empata con el Barça y supera al Real Madrid. En Barcelona todo son dudas. En Concha Espina empiezan a preguntarse (ahora) qué es lo que hizo Lopetegui para merecer ser seleccionador nacional y entrenador blanco. El Atleti, de repente, parece como si fuese un equipo que ha ganado recientemente un montón de títulos.

Desde finales de agosto, en la cafetería, en las redes sociales, y también en las gradas del Wanda Metropolitano, asisto anonadado a la propagación imparable de ese virus del nuevo fútbol. Esa especie de síndrome de abstinencia colectivo que ataca a la capacidad de disfrutar de los humanos y que afecta a un amplio sector de aficionados. Esa querencia absurda por la inmediatez, por el drama, por la impaciencia y por la exageración. Ese terror paralizante ante cualquier versión de error humano. Ese bloqueo de la razón que hace que mentes aparentemente sanas sean incapaces de asimilar la derrota como parte del juego. Esa obsesión por conceptos grandilocuentes como la exigencia, los objetivos o el fracaso. Y lo que es peor, esa incapacidad para disfrutar por el camino de las pequeñas alegrías de la vida.

Ayer, en la mejor segunda parte que ha hecho el Atleti hasta la fecha, a falta de quince minutos para terminar el partido, Correa marcó el gol de la victoria. El argentino, debilidad personal, es un jugador especial. Llegó muy joven a la disciplina colchonera, superó una dolencia crítica que pudo haberlo anulado y su posición natural está ocupada por uno de los mejores futbolistas del mundo. Aun así, se reinventó. Una y otra vez. Aun así, pide siempre el balón. A veces para hacer cosas incomprensibles y otras para hacer magia. Algo especialmente significativo en unos tiempos en los que hacer algo distinto sobre el césped es una suerte en vías de extinción. Correa es diferente. Irregular y a veces desesperante, pero ha sido ya fundamental en un montón de partidos del Atleti y sólo tiene 23 años. A pesar de ello, es uno de los jugadores más criticados (por no decir insultados con saña) por la creciente horda de aficionados impacientes. Mientras yo celebraba con toda mi alma ese gol de Correa, vi cómo un compañero de grada, de esos que acuden al estadio con un diccionario de sinónimos para no quedarse sin insultos, se limitaba a aplaudir desapasionadamente y con cara seria. «Para una vez que hace algo bien habrá que aplaudir, ¿no?», dijo justificándose.

¿Mi conclusión? Que todo esto no ha hecho más que comenzar. Que faltan muchas alegrías y muchas tragedias. Muchos nervios, muchos errores y muchos golpes de suerte. Que faltan muchos partidos y que deberíamos concentrarnos en vivir cada uno de ellos como una pequeña celebración en sí misma. Sobre todo si esperamos que esto de ir al fútbol sea algo divertido. No se puede disfrutar constreñido por el pasado y obsesionado por el futuro. Así de simple. Así de crudo. O como dijo una vez Benjamin Franklin, el que compra lo superfluo pronto tendrá que vender lo necesario.

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