Los gremios unidos e inteligentes se premian con profusión. Es una forma de darse cariño y prestigio, además de promocionar una industria en la que todos participan y de la que todos se benefician. Pienso en el cine. Cada año, los actores de Estados Unidos se reparten globos y estatuillas, en ceremonias que generan una enorme expectación a partir de una fórmula extremadamente sencilla: la alfombra roja, la incertidumbre de antes y las reacciones de después, siendo en este último caso tan importante el gesto de los perdedores como el de los ganadores, quizá más. Sobre la simple intriga de la nominación y la elección final se basan tantos y tantos concursos televisivos extenuantes por sus redobles.

El fútbol ha copiado la alfombra roja (verde en este caso) y no ha podido llegar más allá. El sistema no funciona por la sencilla razón de que algunos futbolistas se consideran más importantes que los premios, lo que no es tan raro si pensamos que también se sienten por encima de sus clubes e incluso de las instituciones que rigen su industria. La responsabilidad es de todos: de los medios que glorifican, de los clubes que callan y de las propias instituciones encargadas de entregar los trofeos. Se ha convertido en costumbre que Cristiano o Messi no asistan a las ceremonias en las que no son premiados, lo que significa que la elección tiene poco de secreto y la intriga mucho de teatro.

Volvió a suceder en los Premios The Best, tercera edición. La ausencia de Cristiano y Messi nos anticipó la coronación de Modric. Sin los citados y sin Bale, el Premio Puskas recayó en Salah como remordimiento de no sabemos quién. De tal forma que la emoción se concentró en los premios menores, aquellos que no se han contagiado de la vanidad imperante: la mejor afición, el gesto más deportivo…

 

De vuelta a las estrellas, el once del año, votado por los futbolistas, tampoco tuvo excesivo misterio: De Gea; Alves, Ramos, Varane, Marcelo; Kanté, Modric, Hazard; Messi, Cristiano y Mbappé. Sorprendió la inclusión de David de Gea después de su pésimo Mundial, pero hay que entender que Courtois ya había sido premiado. Se justifica todavía peor la presencia de Dani Alves tras una temporada insustancial. Sergio Ramos desplazó a Umtiti (cuestión discutible, Francia ganó el Mundial desde la defensa) y Griezmann fue el gran sacrificado entre los delanteros. La entrada de Kanté entre los mejores centrocampistas solo puede considerarse como un acto de justicia. Resulta evidente que la ausencia de Salah se compensa con su Premio Puskas. Así es y así parece todo. Excesivamente programado. Preparado con la preocupación de que no se ofenda nadie. La novedad es que esta vez no faltaron las recriminaciones más o menos veladas contra Cristiano y Messi. Ya no cuela. Tal vez porque se impone la dignidad del gremio o quizá porque a los genios les queda poco.

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