Nadie sabía decir Hingis. Por influencia directa e inconsciente del profesor Higgins (My Fair Lady), nos pasamos varios meses hablando de Martina Higgins. Pero aprendimos. Hasta el punto de que el profesor ha pasado a llamarse Hingis, de la misma manera que hemos rebautizado a todos los Casimiros de nuestra vida como Casemiros, gente de mucho rascar. Aprendimos por fuerza y por placer, igual que aprendimos a decir Legrottaglie. O Schweinsteiger. O Van den Hoogenband. O Mkhitaryan. O Blaszczykowski. O Kruijswijk. Incluso Vrsaljko. O a recitar endiabladas tarjetas de visita. Pops Mensah-Bonsu. Giannis Antetokounmpo. Kentavious Caldwell-Pope. Preben Elkjaer Larsen.

En cada caso, la primera pronunciación fue un parto de trillizos. Pero el deporte enseña idiomas, salvo a Joaquín. Ahora nos cuesta memorizar el apellido del chico que comparan con Merckx, pero muy pronto nos resultará más sencillo decir Evenepoel que Colgate. Lo verán.

Me pregunto cuánto tiempo hemos perdido con esta afición absorbente. Me lo pregunto, especialmente, cada vez que encuentro a una persona que no siente el menor interés por el deporte. Imagino en cuántas horas se traduce su desinterés. Horas ganadas para estudiar Arte o chino, para desarrollar alguna habilidad extraordinaria y productiva. Horas para meditar o para cenar sin reserva, para cambiar de conversación.

Recuerdo que en mi adolescencia se hablaba de una figura mitológica. La del tipo que salía de bares durante los partidos decisivos para minimizar la competencia seductora, reducida, quiero suponer, a informáticos con gafas. Nunca conocí a ninguno de esos jugadores de ventaja, pero estoy seguro de que alguno triunfó.

Comprendo el tono de superioridad y fingida disculpa con que todas esas personas descubren su absoluta despreocupación por el deporte. Acepto, incluso, que me pregunten si Messi juega en el Barcelona. Que se burlen de mi conmoción. Asumo que son gente que ha sabido emplear su tiempo en tareas de mayor enjundia, que ha sabido distinguir lo importante de lo accesorio, que no son esclavos de una actividad invasiva y escasamente intelectual. Lo comprendo todo. Pero ellos no saben decir Djamolidin Abdoujaparov. Y hasta es posible que no sepan quién es. Y lo siento por ellos.

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